lunes, 29 de septiembre de 2014

MALÉFICA


"Las niñas ya no quieren ser princesas"

Joaquín Sabina


Maléfica

Cuando yo era niña, leía muchos cuentos. Recuerdo especialmente uno de La Bella durmiente en el que Aurora vestía un traje de ensueño del que mi madre hizo una réplica exacta para mí y que aún conservo. Yo, como todas mis amigas, quería ser princesa. Quizá demasiadas veces soñé con el beso del príncipe destinado a romper mis maleficios. No sé si esperar el amor verdadero me ha servido de salvación o de condena a lo largo de estos años. Pero lo cierto es que aquellos cuentos me inocularon una visión del amor de la que aún hoy, de adulta, no he conseguido curarme del todo.

Las niñas de hoy, en cambio, ya no quieren ser princesas como dice la canción. Lo que nunca nos cantó Sabina es que ahora quieren ser brujas. Especialmente si el ser que les da vida se llama Angelina Jolie. Sobre todo, si su belleza salvaje hace sombra a la candidez de Aurora, sin necesidad de espejos que la refrenden. Quizás eso las haga diferentes. Tal vez ellas crezcan sabedoras de su propia libertad y lejos de la angustia que provocan los falsos príncipes y sus amores provisionales. 

O tal vez no. Quizás ellas, de adultas, tampoco puedan evitar que se les caigan las lágrimas cuando una de las hadas le concede a Aurora, justo antes de que aparezca en escena Maléfica, el don de la felicidad eterna, liberándola de esta forma para siempre del dolor y sus acechanzas. Después de todo, tampoco yo quiero ser ya princesa. Yo quiero ser Angelina Jolie: con su vestido blanco de boda y su Brad Pitt, con sus seis hijos, con sus globos de oro, con su afán filantrópico, con su mastectomía... Porque estoy segura de que en su vida real encarna, probablemente, el que sin duda es su mejor papel: el sueño de ser joven, atractiva, trabajadora, comprometida, madre... y sobre todo, lucir esa sonrisa a los cuatro vientos con la que parece convencer al mundo de que algunos cuentos sí que pueden tener un final feliz. 



sábado, 27 de septiembre de 2014

MICRORRELATO: ANIMALADAS





Se pasaba las clases pensando en las musarañas, tal vez por eso sus profesores se irritaban con aquel cerebro de mosquito. Durante los recreos, escondía la cabeza como un avestruz porque, aunque no quisiera, acaba metiéndola en la boca del lobo, y había siempre alguien que levantaba la liebre llamándolo gusano. Por eso, cada vez que su padre decidía agarrar el toro por los cuernos y descubrir por qué era él el que pagaba el pato en todas las discusiones, se le ponía la piel de gallina y, pese al dolor y la humillación, solo podía derramar lágrimas de cocodrilo. 



jueves, 25 de septiembre de 2014

NUEVE O DIEZ


"Cuando entras en urgencias, lo primero que te preguntan es la puntuación de tu dolor en una escala del uno al diez. Me han hecho esa pregunta cientos de veces y recuerdo que una vez que no podía respirar y sentía que mi pecho me ardía, la enfermera me pidió que puntuara el dolor, y como no podía ni hablar, le mostré nueve dedos. Más tarde, empece a sentirme mejor, la enfermera entró y me llamó luchadora ¿Sabes como se que lo eres?- me dijo- has dicho nueve cuando era diez. Pero no era la verdad. No dije nueve porque fuera valiente, había dicho nueve porque quería reservarme el diez. Y ahí estaba: este era el gran y terrible diez". 

Bajo la misma estrella. 




He contado muchas veces: con los dedos, de memoria e incluso con trampas. He aprendido a puntuar mi dolor a la baja: a convertir un ocho en un aprobado raspón, por si así dolía menos. Alguna  vez funcionó. Y cuando llegaba ese momento en el que creía que no podría seguir soportándolo, recordaba las palabras de Karen Blixen: "aguanto aún un momento más y, entonces, sé que puedo soportar cualquier cosa". Pero esa mentira me acalla el miedo solo a medias. Porque ahora sé que por alta que sea la cuota de dolor con la que creemos haber saldado las deudas con la vida, nadie nos exime de seguir sujetos a sus caprichos, al azar inexplicable que mueve los finos hilos de la existencia haciéndonos creer que somos nosotros quienes los movemos. Quizá sea esa la razón de que yo solo tenga presente, un presente continuo que intento prolongar y saborear por si acaso consigo escamotearle a la vida, en un golpe definitivo de suerte, ese gran y terrible diez que, hasta el día de hoy, he postergando con la secreta esperanza de que no llegue jamás. Después de todo, me digo a mí misma cada mañana: tienes ante ti un día más, una nueva oportunidad en la que prolongar la mágica certeza de que todo está bien, de que el mundo gira como debiera.




sábado, 20 de septiembre de 2014

MICRORRELATO

"Si enmudece la voz... la memoria es olvido"

Manuel López Azorín


Cajones donde se almacenan fichas de palabras en la RAE


Tenía un secreto. Solo él lo sabía. Era el dueño de las palabras. Todas las noches, las contaba, las pesaba, las medía. Y al amanecer, las despertaba con suavidad, una a una, llamándolas por su nombre. Luego las vestía primorosamente. Hacía todo lo posible por retardar ese momento que lo dejaba inerme: verlas marchar cada día, y esperarlas durante horas y no descansar hasta oírlas entrar por la puerta, a veces felices, otras, derrotadas, pero siempre vivas. Una vez estuvo a punto de perder a una. Llegó a casa magullada y triste, tan débil que permaneció varios días sin decir esta letra es mía, por si la acusaban de chivata. Aquellas escaramuzas entre palabras eran frecuentes. De no ser por él, en más de una ocasión, alguna de ellas habría causado baja en una de las constantes discusiones domésticas. Esta vez, todo era diferente. Agrupadas en un único bando, olvidaron sus diferencias y dejaron a un lado las ínfulas de grandeza despojándose de las tildes y las diéresis con que algunas se tocaban la cabeza. Incluso las íes estuvieron de acuerdo en tirar a tierra el punto bajo el que siempre se creyeron inmunes a los contratiempos. Estaba en juego su propia supervivencia.

Llevaban siglos protagonizando, cada una en su bando, intrigas palaciegas, aviesas traiciones, amores inconfesables... y siempre se habían sentido libres, hasta que amanecieron en aquella  habitación que, pese a la luz y la sobriedad del mobiliario, tenía visos de acabar siendo una cárcel. Por primera vez en tantos años, sus pesadillas empezaban a tener rostro: hordas de palabras procedentes de pueblos extranjeros llegaban dispuestas a arrasar con todo lo que encontraran a su paso sin hacer distinción entre unas categorías y otras. En respuesta, algunas, las de nombre más fiero, se ofrecieron voluntarias para luchar en las primeras filas: el oprobio, la iniquidad, la insidia, la tristeza. Otras como la bondad, la compasión y el candor enarbolaron su nombre convencidas de su labor mesiánica. Pero él no estuvo dispuesto a poner en peligro la vida de una sola de ellas. Prefirió silenciarlas y verlas languidecer lentamente dejando que otros las limpiaran y las intentarán fijar infructuosamente, como palacio en ruinas que recuerda en su digno ocaso el esplendor de otros tiempos mejores.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

DECÍAMOS AYER


"Pero ya no era ayer,
Sino mañana.
Y un insolente sol,
Como un ladrón, entró
Por la ventana"

Joaquín Sabina



Cuentan, en una de esas historias que tienen mucho de leyenda, que fr Luis fue denunciado por hacer una traducción a la lengua vulgar del Cantar de los Cantares y que a mitad de una clase y en medio de la explicación, lo detuvieron sin más miramientos. Tras permanecer en prisión cinco años, volvió a la universidad y fue restituido en su cátedra. Dicen, y aquí es donde entra lo novelesco de la historia, que al retomar las clases se dirigió a sus alumnos con dos palabras que, poco importa ya si fueron dichas o no realmente por él,: "Decíamos ayer", y que volvió a su lección donde la había dejado.

También hoy yo me he sentido un poco como fr. Luis. Me ha recorrido la misma emoción contenida que tuvo que experimentar al volver a pisar su aula después de cinco años. Al abrir la puerta, he reconocido algunas caras. A muchos de ellos les estaba dando clase el año en el que salí corriendo sin tiempo apenas para las despedidas y las explicaciones. Allí estábamos de nuevo, pero no era cierto que pudiéramos comenzar con un "decíamos ayer" porque ayer había pasado demasiadas facturas. He intentado disimular mi desconcierto pero todo me ha parecido un enigma indescifrable: desde acertar la llave del aula hasta dar con los listados de los alumnos, sin olvidar que también debía aprender a llevar mis libros y mis carpetas con la mano derecha. Parecía un malabarista caminando sobre una piscina llena de pirañas. Pero quizás sea mi mirada diferente hacia ellos lo que más me ha pesado a lo largo de la mañana. Una mirada de asombro hacia su desconocimiento del idioma, hacia sus dificultades físicas en algunos casos, síquicas en otros. Un no saber muy bien qué hacer con su hipoacusia, ni qué decirle ante su embarazo evidente con solo quince años. Y, sobre todo, me ha perseguido por los pasillos ese continuo preguntarme qué podré yo enseñarles a lo largo de estos meses. Qué finos hilos tenderemos entre ellos y yo para que con solo palabras podamos tejer los sutiles lazos sobre los que debe asentarse cualquier intento de educar. 

Confío en que los dioses nos sean propicios.


viernes, 12 de septiembre de 2014

OTRA PIEL

"Sacudí las cenizas de mis párpados"

A. Gamoneda.


Ghirlandaio

Movió los ojos y comenzó a enumerar cada uno de sus actos de fe: en los latidos de su corazón, en la cadencia de su respiración, en la certeza del nuevo día. Hasta ese instante, no había pensado en ello ni una sola vez, pero desde que podía observar la perfecta mecánica de su cuerpo, se sabía agradecido por aquellos 50 años en los que había funcionado con la precisión de un reloj suizo. Ahora, en cambio, parecía el motor de una vieja Norton abandonada. Sería necesario un milagro para ponerlo en marcha otra vez -escuchó decir a uno de los médicos. En ese momento, intentó mover un dedo para ver si, como en las películas, alguien se percataba de que estaba consciente y lo arrancaban de aquella soledad amenazante, pero no respondió; debía de estar petrificado, como todo su cuerpo. Probó a mover las manos y los pies con idéntico resultado. Después la boca. Nada. Por primera vez, tuvo conciencia de que había enmudecido, como el que pierde repentinamente el aliento y en el breve espacio de unos segundos asume de golpe su condición de mortal. Después, solo el tacto de una mano sobre los párpados fríos y el terror y la esperanza de ser ya en otra piel.


jueves, 11 de septiembre de 2014

MICRORRELATO

"Ser un hombre a plena luz del día"

Kepa Murua




3 pm: en algún lugar se produce la primera detonación. Se siente el sordo rumor. Minutos más tarde, estalla la segunda, esta vez tan cerca que el miedo puede tocarse. Sin más, se suceden, a intervalos de pocos segundos, cientos de ataques incontrolados tras los que se impone un silencio hiriente. Cansado, bosteza, apaga el ordenador y se quita la camisa de un blanco insultante. Se mete en la cama y abraza a su mujer en el único gesto capaz de devolverle el trozo de paz que le han robado. Al amanecer, intenta sacudirse el remordimiento en el agua hirviendo de la ducha, pero al abrir los ojos, un rojo intenso se confunde junto al jabón que huye por el desagüe. Alarmado, se palpa con ansiedad en busca de un foco inexistente. En el pecho, a la altura del corazón, al fin lo ve: un punto de láser rojo cuyo haz recorre hasta la ventana del edificio de enfrente desde donde un rostro familiar le hace el gesto convenido que indica el final de la partida.


lunes, 8 de septiembre de 2014

TATUAJES


"(...) Y puede
que justo en ese instante se pregunte por qué,
por qué cantaba mi padre. Y no sepa responderse.
Y ese enigma tan leve lo acompañe
e ilumine alguna parte de su vida"

José Daniel Espejo







Cuando traspasé el umbral de la tienda, se hizo un silencio inusual en aquel público lleno de piercing y tatuajes. Me sentí extraña y torpe en medio de unos adolescentes sobre los que estoy acostumbrada a reinar. Pese a todo, mi profesión me ha proporcionado a lo largo de estos años absoluta inmunidad frente al ridículo, de modo que no me resultó difícil soportar unos minutos de miradas inquisitivas, hasta que se olvidaron de mi. Cuando, al fin, me llegó el turno, busqué entre las fotos de mi móvil para enseñarle lo que quería; mientras tanto, le fui contando que era una imagen muy conocida: del libro de El Principito, pero no insistí en mi explicación al verle la cara de estupefacción. Él no tardó en teclear algo en su ordenador y, sorprendido frente a la imagen, me preguntó si aquello era una serpiente. Me habría gustado decirle que aquello no era una serpiente sino una boa, pero preferí callar y entretenerme recorriendo con la mirada los pocos resquicios de su brazo que aún le quedaban sin tatuar. Pactamos precio y día, pagué una señal y así supe que no podría arrepentirme. 

Desde entonces, he soportado comentarios de todos los tipos: desde mi hija que teme que me arrepienta, hasta la compañera que me advierte que un tatuaje corta no se qué canales energéticos. En respuesta lo único que hago es reírme con mi ocurrencia y con la candidez de mis hijos, que piden permiso para contarlo a sus amigos. Yo les digo divertida que sí, que tienen mi aprobación. Igual que el día que contaron que su madre tenía cáncer y sus amigos les respondieron que los que tienen cáncer se mueren. O cuando le dijeron a la vecina que su madre estaba tan guapa porque llevaba peluca. O esa vez que Belén soltó que no es que no tuviera padre, sino que estaba muerto. Pues eso, que sí que han contado lo del tatuaje y me han obligado a enseñárselo a todos los que hemos ido encontrando a lo largo del día y me han confesado que, en el fondo, les gusta tener una madre diferente. 

Y yo he aprovechado para hablarles de las marcas. De las que llevamos por fuera y de las que escondemos por dentro. Y les he hablado de los símbolos y de lo importante que es reconocerse en ellos. Y también les he hablado del miedo que da lo definitivo, lo que sabemos que es para siempre. Y hemos leído juntos el capítulo de El Principito en el que se explica la diferencia entre la boa abierta y la boa cerrada. Y los he tranquilizado asegurándoles que cuando sea muy viejecita, seguiré mirando complacida mi elefante. Y creo que eso les ha gustado: esa certeza de que tendrán una mamá muy vieja con un elefante tatuado en la muñeca.




jueves, 4 de septiembre de 2014

CAPTATIO BENEVOLENTIAE


"Mi poesía consistió- sin yo saberlo- en una tentativa de inventarme otra identidad"

Jaime Gil de Biedma


Anna Forlait


Llevo días preguntándome el sentido de las historias descabaladas de los últimos meses. Algunos microrrelatos los he desechado, otros, los he ido colgando en el blog sin saber muy bien la relación que guardan con la razón primera que me llevó hace ya muchos meses a sentarme a escribir. 

¿Por qué insistir en esta tentativa de inventar otras vidas? Quizá, como aseguran Trinidad Ballester y Bernardo Ortín: "Los relatos dicen cosas que no se pueden decir de otro modo. Nos ayudan a protagonizar vidas soñadas, en lugar de soportar las cotidianas. Los cuentos nos conectan con nuestro deseo, con la posibilidad de imaginar el mejor de los mundos, el que más nos acerca a nuestro propio centro" (Ortín, Bernardo y Ballester, Trinidad, Cuentos que curan)

Pero no es menos cierto que inventar historias es también otra forma de sobrevivir a los miedos, de escapar de nuestras pulsiones y así, hacer que sean otros los que enferman, otros los que mueren, otros los que sufren por amor. Y esta forma de catarsis, este distanciamiento permite hacer la vida más soportable. Dispuestos casi siempre a pagar cualquier precio "con tal de que la vida deponga sus espinas", escribir se convierte así en una sencilla forma de sobrevivirme, en la mejor manera de dotar de sentido y dar explicación a un mundo que, de otro modo, permanecería en la más absoluta oscuridad para mí. Confío pues en que seáis capaces de disculpar el tono de algunos relatos que no son más que débiles sombras que proyecto en esta inmensa pared.

"El poder reside donde los hombres creen que reside. Ni más ni menos (...) Es una farsa, una sombra en la pared. Pero las sombras pueden matar. Y a veces, un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grade"

George R.R. Martin. 



miércoles, 3 de septiembre de 2014


MICRORRELATO: "VIUDA DE VIVO" * 
( * de un poema de Emilia Conejo)


"(...) Mientras sueña recuerda: lo
primero que se le cae a un esqueleto son sus alas"

Alejandro Céspedes

E. Munch

Llevaba días obsesionado con esa idea. Recordaba vagamente la lista de los pecados capitales que aprendió de niño. Había pasado parte de su infancia torturado por oscuros remordimientos que ardían en una pira imposible de apagar. Quizás ese era el motivo por el que había elegido a una mujer como ella, de una conducta tan irreprochable que no había tenido que confesar en vida ni uno sólo de aquellos pecados: ni la gula, ni la pereza, ni la envidia, ni la avaricia, ni la soberbia, ni siquiera la lujuria habían hecho mella en ella. Pero desde el accidente, empezó a desarrollar un rencor ahogado, que trataba de mantener oculto, esforzándose cada día en aparentar normalidad. Fue fácil durante un tiempo imitarse a sí mismo y reproducir una a una las rutinas cimentadas en tantos años de silenciosa convivencia. 

La primera vez que le rondó esa idea, como siempre sucede cuando nos asaltan las tentaciones por primera vez, apenas se atrevió a ponerle nombre. Su mujer, como tantas veces, después de administrarle la medicación y de comprobar sus constantes con la minuciosidad del inexperto, se había quedado dormida en una silla junto a su cama. Él, como siempre desde entonces, la besaba en la frente, aparentando una gratitud que estaba lejos de sentir y después volvía la vista para no enfrentarse con ese rostro avejentado y triste que le empezaba a resultar tan predecible. Derrotado, la maldijo en silencio con un odio contenido, acumulado en tantos años de matrimonio ejemplar, sin una sola discusión a las espaldas, ni una crisis que sumar a su inmaculado historial. Simulando que dormía, como cada noche, cerró los ojos para que sus cansados párpados sirvieran de contención al odio y detrás de ellos, muy al fondo, pudo adivinar por primera vez los sueños de ella y dibujadas en la negrura, empezaron a desfilar imágenes inconexas en las que apenas si podía reconocerla: más joven, risueña, casi se diría que feliz, junto a un hombre que no era él. Agarró su cuello con una fuerza inesperada que la despertó con la misma angustia que provoca el sonido huérfano del teléfono en la madrugada. Desde entonces, empezó a sentir miedo de sí mismo y del monstruo agazapado que se escondía desde su infancia en lo más secreto de su corazón. 

Esperó al día siguiente y pasó toda la noche sin dormir, torturándose imagen tras imagen con el único pecado que, de haber seguido viva, él habría estado dispuesto a perdonarle: la lujuria. 



lunes, 1 de septiembre de 2014

OTRA VEZ LUNES


"Hoy me ha tocado abrir el día,
estrenar el mundo, ser el primero
de todo el edificio que sube las persianas;
ser el primero también
en recibir la luz de un lunes recién amanecido,
una luz aún suave y tímida, a punto de romper"

Jorge Barco Ingelmo





Lo inquietante de haber desaparecido del trabajo casi sin tiempo de organizar tus papeles es que a la vuelta no sabes bien qué es lo que encontrarás. Hoy tocaba volver y posar la vista sobre los libros de los cursos que dejaste incompletos, sobre las anotaciones hechas en tu cuaderno del profesor por otra mano que no es la tuya, sobre las decisiones acerca de la elección de un horario y de unos cursos que en otro tiempo determinaban tu buena o mala fortuna. Hoy poco importaba, salvo el hecho inequívoco de estar allí otra vez, escuchando las voces de los alumnos sobre los que parece haberse detenido el tiempo, condenándonos a vivir perpetuamente en esa eterna adolescencia que vuelve a comenzar año tras año. Entre los exámenes atrasados y los cuadernos de los alumnos, encuentro este texto que formaba parte de una clase de literatura universal que nunca llegué a impartir. Preparaba por aquel entonces material sobre literatura hindú y seleccioné esta hermosa parábola titulada "Parábola de los seis sabios ciegos y el elefante" que dice así:

Seis hindúes sabios, inclinados al estudio, quisieron saber qué era un elefante. Como eran ciegos, decidieron hacerlo mediante el tacto. El primero en llegar junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo y dijo: "ya veo, es como una pared". El segundo, palpando el colmillo, gritó: "esto es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una lanza". El tercero tocó la trompa retorcida y gritó: "¡Dios me libre! el elefante es como una serpiente. El cuarto extendió su mano hasta la rodilla, palpó en torno y dijo: "está claro, el elefante es como un árbol". El quinto, que casualmente tocó una oreja, exclamó: "Aún el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un abanico". El sexto, quien tocó la oscilante cola, acotó: "El elefante es muy parecido a una soga". Y así, los sabios discutían largo y tendido, cada uno excesivamente terco y violento en su propia opinión y, aunque parcialmente en lo cierto, estaban todos equivocados"

Pretendía quizás explicarles qué era una parábola y a través de ella hacerles ver la diferencia de pensamiento entre Oriente y Occidente. Pretendía contarles cómo Erich Fromm en "El arte de amar" utiliza este ejemplo para marcar la oposición entre nuestra lógica aristotélica occidental, unívoca y que se cree en posesión de la verdad y la lógica paradójica oriental, que es multiperspectivista. Pero en aquel momento yo aún no sabía lo que significan los elefantes. O quizá en aquel momento yo creía que sabía lo que son los elefantes. Hoy, al releer la parábola, he sonreído, recociendo mi ignorancia de entonces, agradecida por esta ceguera que a veces no me permite saber si lo que toco es el lomo o el colmillo de una vida rica y generosa que se ofrece un nuevo lunes para mí.