Para Almu
Qué tristeza en tu mirada mientras recogías los libros y empacabas tus exámenes una vez más. Finaliza el curso y con él tu contrato; tú, como tantos interinos, no cobrarás vacaciones ni estarás en septiembre para examinar a tus alumnos. Sé que crees estar acostumbrada a esta vida nómada, a tantas incertidumbres y estrecheces económicas, pero también imagino que cada año va pesando más. Y mientras, las vidas quedan en suspenso durante unos meses de vacaciones no remuneradas; los que pueden, cobran el paro y con suerte sobreviven hasta el próximo contrato. Pero nosotros los funcionarios os despedimos como si septiembre os fuera a traer de vuelta, demasiado preocupados en nuestras luchas internas.
Educación nunca fue un sector muy reivindicativo. Solo cuando nos recortaron los sueldos y nos subieron las horas, salimos a las calles, sin demasiada convicción, tal vez. Ahora sufrimos otros recortes soterrados, otras estrategias, acaso más inteligentes: "divide y vencerás", decían los romanos. Al profesorado, en este segundo embate, nos están dividiendo. Al principio fue la escasez de horas y el temor a ser desplazados lo que generó suspicacias entre los miembros de los departamentos. Había que establecer los turnos y dejar bien claro en caso de necesidad quién o quiénes eran los últimos. Ahora la situación se agrava al enfrentar también a unos departamentos con otros. Hay tal variedad de optatividad que los centros deben decidir qué asignaturas ofrecen y cuáles compiten entre ellas al compartir franja horaria.
Y entre tanto, vuelta a programar lo ya programado. Estándares abstractos y repetidos que hay que secuenciar inventando una lógica inexistente. Y los alumnos que se van desdibujando cada vez más entre la montaña de informes burocráticos que nos desgastan las ganas y las fuerzas. Ahora diseñamos complejas tablas de Excel que calculan por nosotros los cientos de notas que estamos obligados a volcar y hasta que llegamos al final no sabemos cuál será el resultado. Dicen que este sistema elimina la subjetividad, pero es que, muy señores míos, la educación es ejercer el derecho, la obligación de ser subjetivos. No somos máquinas que calculan y ponderan notas. No lo necesitamos. Después de nueve meses, un profesor sabe qué nota se merece su alumno. Y ¡ay del que no lo sepa! Por eso yo he manipulado los estándares con toda mi subjetividad, para que el alumno que merece diez pueda alacanzarlo pese a este sistema tan democrático que aprueba al que se esfuerza poco pero que empequeñece al alumno brillante.
En vista de este panorama, he decidido marcharme, ser desplazada de forma voluntaria, porque a eso es a lo que me ha llevado mi subjetividad, mi sensibilidad. Por eso, también yo he recogido hoy mis cosas, con mucha nostalgia, con cierta tristeza y he salido con la convicción de que uno nunca debe regresar al lugar donde ha sido feliz. Y yo, créanme, he sido muy feliz aquí. Por eso sé, mi querida A., que no han sido necesarias las despedidas esta mañana porque, en algún lugar del camino, volveremos a compartir esta pasión por enseñar que a tantos nos ocupa y nos convoca.
Gracias y feliz verano a todos.
Gracias y feliz verano a todos.



