Decía Karen Blixen en Memorias de África que cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestras plegarias. La literatura me dio esta certeza que, después, la vida se encargó de corroborar.
Mi primera evidencia llegó con Benedetti y su cuento Cinco años de vida, donde nos presenta a los protagonistas, Raúl y Mirta que, alentados por la obligada complicidad de verse encerrados durante toda una noche en una estación de metro de París, deciden ir desgranando unas vidas marcadas por el fracaso y el aburrimiento. Raúl, tras confesarle que tiene una esposa en Montevideo de la que está intentando separarse, tiene la revelación de que esa mujer es su destino y le hace una declaración que es toda una súplica velada a esos dioses de los que hablábamos al principio:
"Daría cinco años de vida porque todo empezara aquí. Quiero decir, que yo estuviera divorciado y mi mujer hubiera aceptado el hecho (...) y que al abrirse las puertas saliéramos de aquí como lo que ya somos, una pareja"
La confirmación de Mirta actúa como una especie de sortilegio, y a las cinco de la mañana consiguen salir del metro un tanto aturdidos. Tras el saludo de alguien que parecía conocerlos a los dos, quedan frente a un apartamento al que Raúl accede con sus propias llaves y en el que reconoce su objetos personales mezclados con los de Mirta. Una mirada le basta para comprobar que su súplica se ha cumplido y que está ante el final de un matrimonio del que ya solo quedaba "cierta noche increíble, cada vez más lejana, cada vez más borrosa, en que por una trampa del azar quedaron encerrados en la estación de Bonne Nouvelle"
Estas dos experiencias, aunque puramente de ficción, han sido para mí un referente de lo más cierto. Pero, como a veces no escarmentamos en vidas ajenas, mucho menos cuando son literarias, mi memoria está plagada de frases que si no esconden una petición en toda regla, sí que albergan veladamente un desafío. El verano pasado, sin ir más lejos, decidí bautizarlo, de un modo un tanto premonitorio como "el último verano" y cada vez que contaba el lío de viajes y actividades en las que ocupé esos meses, me justificaba alegando que era el último. Y qué cierto, porque aquel era sin yo saberlo, el último verano tal y como lo había conocido hasta entonces: el último en aquel cuerpo, en último en aquella vida. Así que ahora, me he vuelto de naturaleza prudente y cada vez que me sorprendo con una de esas frases chulescas de las mías, sonrío y pienso que todo está bien, consciente de que ahora sí, están en juego cinco años de vida.













