"Y ahora yo en el centro exacto de una vida sola,
en el endeble camino de en medio,
todavía sin años y ya debiendo días,
qué se hará de mí y qué quedará"
"La deuda" Esperanza López Parada
en el endeble camino de en medio,
todavía sin años y ya debiendo días,
qué se hará de mí y qué quedará"
"La deuda" Esperanza López Parada
Desde que años atrás empecé a escribir y a reflexionar sobre el sentido de mi propia vida, hay una idea que regresa a mí de manera insistente que en otro lugar llamé "La conexión de los puntos" basándome en la última lección que Steve Jobs pronunció en la universidad de Stanford. Decía en aquel momento a propósito de las palabras de S. Jobs: "necesito creer que mi vida, al cabo de los años, encontrará el sentido escondido para todos y cada uno de los acontecimientos decisivos que he vivido (...) necesito creer que mi vida no es producto del azar, que yo no soy víctima de un dios que lanza los dados y se juega nuestros destinos a una carta".
Años después, al hilo de los nuevos acontecimientos vitales, estas palabras se revisten de un sentido trágico, casi hiriente porque son la muestra fehaciente de que la vida nunca nos exime del riesgo de la pérdida. Cuando uno consigue sobrevivir a una pérdida se carga de un halo de omnipotencia, como si el hecho de haber apostado todo en una sola jugada y haber perdido, te protegiera ante futuras pérdidas. Es una de esas ideas mágicas que sostienen nuestra parte más inconsciente. Pero el gran aprendizaje que la misma vida nos impone es que seguimos jugando; ese es el desafío de estar vivos y ganar o perder no depende tanto del resultado de la partida como de la capacidad de encontrar el sentido último de nuestro relato tal y como nos relata Isak Dinesen en el cuento "Los caminos de la vida.
Años después, al hilo de los nuevos acontecimientos vitales, estas palabras se revisten de un sentido trágico, casi hiriente porque son la muestra fehaciente de que la vida nunca nos exime del riesgo de la pérdida. Cuando uno consigue sobrevivir a una pérdida se carga de un halo de omnipotencia, como si el hecho de haber apostado todo en una sola jugada y haber perdido, te protegiera ante futuras pérdidas. Es una de esas ideas mágicas que sostienen nuestra parte más inconsciente. Pero el gran aprendizaje que la misma vida nos impone es que seguimos jugando; ese es el desafío de estar vivos y ganar o perder no depende tanto del resultado de la partida como de la capacidad de encontrar el sentido último de nuestro relato tal y como nos relata Isak Dinesen en el cuento "Los caminos de la vida.
“Cuando era una niña, me mostraron un dibujo-una especie de dibujo móvil porque se iba creando ante tus ojos al tiempo que el artista iba contando la historia del dibujo. La historia se contaba cada vez con las mismas palabras.
En una casita redonda con una ventana redonda y con un jardincito triangular delante, vivía un hombre. (1)
No lejos de la casa, había un estanque con muchos peces (2). Una noche, el hombre se despertó a causa de un terrible ruido y salió a la oscuridad para descubrir la causa. Tomó el camino del estanque. Aquí el narrador del cuento comenzaba a dibujar, como si se tratara de un mapa con los movimientos de un ejército, un plan de los caminos que tomaba el hombre .
Primero corrió hacia el Sur. Aquí tropezó con una gran piedra en mitad del camino y, un poco más lejos, cayó en una zanja, se levantó, cayó en una zanja, se levantó, cayó en una tercera zanja y salió de ella. (3)
Entonces vio que se había equivocado y regresó corriendo hacia el Norte. Pero aquí, de nuevo, le parecía que el ruido venía del Sur y, otra vez, regresó allí corriendo. Primero tropezó con una gran piedra en mitad del camino, un poco después se cayó en una zanja, se levantó, se cayó en otra zanja, se levantó, se cayó en una tercera zanja y salió de ella. (4)
Entonces oyó claramente que el ruido procedía del extremo del estanque. Se precipitó hacia ese lugar y vio que se había producido un gran escape en el embalse y el agua salía fuera con todos los peces. Se puso a trabajar y bloqueó el agujero y no volvió a la cama hasta que terminó de hacer esto. (5)
Cuando, a la mañana siguiente, el hombre miró a través de su ventanita redonda-aquí el cuento se terminaba tan teatralmente como fuera posible-¿qué es lo que vio?
¡Una cigüeña! (6)
Me alegro de que me contaran esta historia y la recordaré en los momentos de adversidad. Al hombre de la historia se le engañó cruelmente y se le pusieron obstáculos en su camino. Debe haber pensado: ¡Qué vicisitudes! ¡Qué racha de mala suerte! Debe haberse preguntado cuál era el sentido de todas sus contrariedades: él no podía saber que era una cigüeña. Pero a través de todas ellas, mantuvo su objetivo; nada lo hizo volverse atrás e irse a casa; terminó su carrera; mantuvo su fe. Ese hombre tuvo su recompensa. Por la mañana vio la cigüeña. Debió de reírse a carcajadas entonces.
El lugar estrecho, el pozo oscuro en el que me encuentro, ¿de qué pájaro es la garra? Cuando el dibujo de mi vida esté completo, ¿veré yo o verán otros una cigüeña?”


Es un cuento laberíntico, de los que crean ansiedad, ¿qué pasará ahora?, ¿llegará al origen del ruido?, pero que termina con magia... ¡Qué asombro cuando se descubre la cigüeña en los trazos del camino recorrido!
ResponderEliminar***
Hoy he descubierto a una pintora que me gusta: Carmen Casanova. Expone en el recinto del MUR, el Museo de la Universidad de Murcia, en el barrio del Carmen.
También ha sido un descubrimiento Esperanza López Parada.
ResponderEliminarPorque lo que he leído por internet, me ha gustado.
¡Gracias!
***
Estoy segura de que irás viendo los dibujos de tu vida y serán bellos. Y habrá más de uno. Las cigüeñas traerán vidas