"Al final del día regreso a casa
y miro la correspondencia:
sólo publicidad, ninguna carta:
y me pregunto ¿quién envía
tantas razones para sobrevivir?"
Francisco Gálvez
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| Renoir, "Mujer leyendo" |
Desde que no recibo cartas de amor, he desarrollado una fobia incontrolable a los buzones, esas urnas modernas y asépticas que se han convertido en ataúdes improvisados de nuestras miserias. Ya tengo una buena colección de cartas intempestivas que he ido recibiendo a lo largo de estos años: cartas de jueces, de hacienda, de sindicatos... En muchas de ellas he aprendido el precio y el valor de la palabra. Pero esta noche me arden esas otras que nunca llegué a leer y que probablemente habrían cambiado el curso de mi vida.
La más reciente, de 6 de junio, llegó en forma de aviso de correos que, como tantas veces, vi diez días más tarde. Hice lo que siempre hago en estos casos: ensayar mi alegato de defensa ante el juez que, seguramente, estaría ya dictando mi sentencia y olvidarme del asunto. Días más tarde, sin embargo, empezó a asaltarme un extraño sentimiento de culpa ante la irremediable orfandad de la carta extraviada y decidí, en un arrebato de osadía, seguir sus pasos y dar con el organismo que la remitió. Esta mañana, al fin, tras dos horas de espera hasta que ha salido en pantalla un número ininteligible que se correspondía exactamente con el mío, he llegado a mi mesa sorteando un vericueto de mesas exactamente iguales a la mía con pantallas de números rojos en parpadeo constante que hacían más complicada la empresa. Cuando, exhausta, me he sentado frente al temible cancerbero custodio de cartas extraviadas, este ha tecleado mi DNI en el ordenador y con voz cavernosa ha zanjado con premura el asunto: "aquí no aparece nada, lo que sea, sonará" y me ha despedido con cara de pocos amigos. Me he quedado allí plantada, y cuando ya he podido reaccionar, estaba pagando religiosamente los tres euros de aparcamiento que me ha costado la broma.
Sigo sin saber el contenido de la carta y probablemente ya nunca lo descubriré, pero he tomado las debidas precauciones. Al pasar frente a mi buzón, con más prevenciones que de costumbre, he girado la llave asegurándome de que estaba bien cerrado y he apretado los blanquísimos sobres con membretes ilegibles que amenazaban con desbordar esa temible bocaza que engulle indiscriminadamente el anuncio del soñado piso en Torrevieja junto a la orden inminente de desahucio. Sin que nadie me viera, he tachado con ensañamiento mi nombre del buzón para protegerme de ese oscuro presagio de "lo que sea soñara". La última vez, tardé cinco años en recuperar la carta extraviada que, por cierto, era de amor.