Al tío Manolo
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"He visto y sentido tanto silencio
que se pierde en el ruido de la muerte
que si la palabra no fuera
esa íntima lluvia de fe
moriríamos para siempre
en ese instante que condena al olvido"
Antonio Correa
Te has muerto. Tu corazón se ha obstinado en sobrevivir unas semanas a tu cansada voluntad de vivir. Esta mañana he ido a verte sin saber que sería la última. He podido pasear entre tus cosas, reconocerte en cada objeto, acariciarte ese pecho grande de aguerrido nadador. A. había empezado a ordenar tus papeles y tus libros y yo apenas he encontrado palabras con las que restañar esa herida sorda con que nos lastima la muerte cuando lleva días anunciándose. Respirábamos la impotencia muda del que asiste, contrariado, a la subasta del recuerdo. También yo he pujado en esa inútil contienda frente al olvido. Y absurda y torpe como un ladrón arrepentido he salido de tu casa agarrada a un espejo con el que sobrevivir entre los restos del naufragio. Sé que a partir de hoy empezarás a vivir en mis sueños. Entraré en ellos a través del pasadizo secreto de ese espejo que tantas veces debió de atrapar tu imagen y que hoy solo refleja mi rostro cansado y con ojeras después de estas lentas horas de pensarte para que no mueras para siempre en ese instante que a otros condena al olvido eterno.
Para que no mueras, para que sigas existiendo en otras vidas, para que continúe tu memoria más allá de ti, escribo hoy estas torpes palabras.
"Sit tibi terra levis"
(séate la tierra leve)

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