"He aquí la vejez (...)
Desear ese morir incorregible y dulce, patrimonio de las
bestias, que se rinden derrotadas sobre el musgo fresco
para convertir su carne en rama, y su sangre en viento"
María Ferreira
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| Wynn Bullock |
Quizá sea cierto que la muerte, como el amor, se reduce a una simple cuestión de voluntad: querer vivir, querer querer. Y cuando se quiebra la voluntad, solo queda una agónica espera hasta que llega el fin. No somos dueños de la vida como no lo somos del amor. Nuestra única moneda de cambio es la voluntad. La suya se quebró el viernes. Tomó unas pastillas y se despidió de ella con un beso. Dos días después quedaban zanjados estos meses de sufrimiento, esta lenta y cruel mengua de sus facultades. No sé si héroe o cobarde, llegó hasta donde le permitió su voluntad; ni un solo paso más.
Después, el lento revivir de la despiadada mecánica de la muerte: el médico que certifica la defunción, la empresa de decesos, los llantos desconsolados... Llegar a casa e intentar explicarle a mis hijos la muerte de su abuelo. Una muerte que convoca a otra y el dolor que se abre paso por antiguos cauces. Más tarde, el tanatorio con sus códigos particulares: los pésames, los recuerdos compartidos, el desgarro que se intensifica a cada visita, el aturdimiento, la amnesia... Y al día siguiente, cada uno a su casa a rumiar su dolor. Aunque solo para ella sobrevivir vuelve a ser, ahora más que nunca, una cuestión de voluntad: la voluntad de querer vivir; la voluntad, pese al dolor, de querer querer.
Así sea.






