"Oh Dios,
no me atormentes más.
Dime qué significan
estos espantos que me rodean.
Cercado estoy de monstruos
que mudamente me preguntan,
igual, igual que yo les interrogo a ellos"
Dámaso Alonso
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| Simon Siwak |
Nunca supe de mi sistema linfático. Intento recordar los capítulos de "Érase una vez el cuerpo humano" por si recuerdo aquel intrincado sistema que transporta la linfa y la depura a través de los ganglios para devolverla a la sangre. Miro los dibujos del sistema linfático y señalo con el dedo los ganglios linfáticos más importantes que se distribuyen por nuestro cuerpo.
En las mujeres que han sido sometidas a una linfedectomía en la que han extirpado todos o buena parte de los ganglios linfáticos de la axila, el riesgo de que el brazo se inflame duplicando a veces su volumen es muy elevado. En los casos en los que el tratamiento se ha acompañado con sesiones de radioterapia la incidencia aumenta hasta un 30 o 40%. Existen varios grados, desde el I, donde apenas si es perceptible, hasta el grado máximo denominado casualmente "elefantiasis". Puede aparecer en cualquier momento a partir de la operación: de manera inmediata (que suele desaparecer normalmente) o tras los seis primeros meses. Hay documentados casos, incluso, en los que aparece a los diez años de haber sido sometidas a tratamiento. En cualquier caso, se convierte siempre en una enfermedad crónica con períodos de mayor virulencia.
El linfedema es la secuela más visible del cáncer de mama: el brazo inflamado que hay que tratar a veces con vendajes multicapa y con mangas de compresión, medios imposibles de disimular. La persona afectada puede colaborar adoptando determinados hábitos saludables como el control del peso, el ejercicio de los miembros superiores, la eliminación de toda carga con el brazo afecto, pero a veces, no está en nuestra mano evitarlo y una vez que aparece es siempre irreversible. Esta palabra me asusta: irreversible. Todo tiene remedio salvo la muerte, dice la sabiduría popular. Pero en la vida real a veces nos toca etiquetar como irreversibles algunos desamores, algunas enfermedades, alguna pérdidas.
Este miedo se ha convertido en mi imaginación en un fantasma de los que me asaltaban en plena noche cuando era niña. Vuelvo a sentirme pequeña y frágil cuando mi espanto se alarga, se ensancha y ocupa todo mi espacio hasta hacerme casi desaparecer. Intento contenerlo pero me faltan fuerzas. Y entre sueños llamo a mi madre que corre en mi ayuda pero nunca llega porque el suelo tiembla en caóticas espirales que la alejan de mí. Despierto y me toco el brazo, lo examino y constato sus diferencias, sus cambios, veo cómo el miedo traspasa mis sueños e invade mi realidad pero en pocos segundos me abandona. Aún me quedo unos minutos más tendida sobre la cama, acaricio mi brazo izquierdo y empiezo a moverlo en una suerte de movimientos pausados y rítmicos que van acallando mis miedos. Me levanto lentamente mientras me detengo en la sensación de mis pies descalzos sobre el suelo. Inspiro profundamente paladeando el milagro de saberme viva, más viva quizá que nunca.







