"Siempre llega un día en la aritmética vital
en el que cambiamos las sumas por las restas"
Jam
Llevo años posponiendo este momento. Anoto vertiginosamente en las columnas del debe y del haber. Tacho, enmiendo, calculo, registro, gasto, descuento, adeudo... pero, cobarde, siempre evito los balances. Por si las cuentas no me salen, por si los números me delatan. Pero hoy me he levantado con una valentía que roza la temeridad y un poco casi, por qué no decirlo, también la desvergüenza. Y me dispongo, decidida, a cuadrar mis cuentas ante los temidos auditores que me asedian, convertida en improvisado contable de mis penas.
He perdido ya la cuenta de las inspecciones médicas a las que he sido sometida. Esta vez, desde la última, solo me han dado un mes de tregua. Y de nuevo al teléfono, esa voz que empieza a resultarme familiar se dirige a mí, amablemente, por mi nombre completo - desde la infancia, cada vez que mi madre me decía Carmen María, ya sabía yo que algo empezaba a ir mal- Y me vuelve a recordar que aporte todos los informes médicos en mi haber. Y yo que soy tan obediente, me he tomado en serio, una vez más, lo del debe y el haber. Y como no tengo nuevos informes médicos que aportar, he decidido redactar esta carta, más que nada por no ir con las manos vacías. En su defecto pensé en llevarle un obsequio de esos que se les lleva a los médicos rurales, no sé... una tarta, unos huevos ecológicos... pero imaginé al guardia de la entrada receloso de mi buena voluntad. Procedo.
Querido inspector médico:
Empecé a trabajar en el año 98, como interina. Aquella era mi primera oposición, había una decena de plazas y saqué la nota más alta de mi tribunal, pero no tenía experiencia. Trabajar fue, no obstante, suficiente recompensa. A partir de ese momento empezó un largo peregrinar por destinos imposibles, con horarios descabellados, y pagando precios que hoy, con el tiempo, imagino demasiado altos, pese a tanta dicha. El trabajo así se convirtió en mi prioridad, hasta tal punto que el embarazo de mi hija llegó a término dos meses antes de lo previsto por una terrible preeclampsia ayudada, eso sí, por los largos viajes a Puerto Lumbreras. Pero no anticipé la baja. Nació un 1 de enero y en septiembre ya estaba trabajando de nuevo.
Después vinieron años de oposición. Terribles años de preparar oposiciones fantasmas en los que renuncié a los primeros años de mi hija. Pero merecía la pena: había conseguido ser lo que siempre soñé desde adolescente -solo me faltaba completar el sueño llegando a clase en una moto potente, pero eso ya se vería con el tiempo- Mientras tanto, trabajé y estudié, e hice de madre y de esposa y de todo, acongojada siempre por la terrible frustración de no sentir esa "realización" que tanto me habían prometido.
Pero aún estaban por venir tiempos más sombríos. Mi marido murió un 7 de diciembre y me quedé con un bebé de 14 meses y con una niña que estaba a punto de cumplir los 5 años. A los pocos meses recibí la llamada de la misma inspectora de educación que hoy supervisa mis bajas y me dijo que me tomara todo el tiempo que necesitara, que no volvería a molestarme. En septiembre estaba de nuevo trabajando.
Pero aquella inspectora no fue fiel a su palabra y volvió a llamarme. Me llamó 5 años más tarde a propósito de mi nueva baja. Hacía tan solo un par de meses de mi operación. Solo quería que yo le asegurase que antes de los 18 meses me incorporaría al trabajo porque, en caso contrario, tendría que iniciar los trámites del expediente por jubilación. Ya no la vi tan condescendiente como en la baja anterior y me recordó al sindicalista aquel que me espetó un día que lo mismo daba un hijo que dos en sus baremos para las comisiones de servicio y que el ser familia monoparental no era algo extraordinario hoy día.
En fin, llevo 14 meses de baja. Empiezo a reconocerme en los espejos. Y no es cosa del tiempo, como dicen con las penas. El tiempo solo no hace nada la mayoría de las veces. Es gracias a los buenos profesionales que me han tratado y a mi terribles ganas de vivir. Se lo debo a mis clases de pilates, y a las de yoga, y a la natación, y a los masajes de shiatsu, y a las sesiones de peluquería, y a la tranquilidad, y a los amigos, y a los amores, y a la familia, y a todos las atajos que siempre he elegido contra la desesperanza.
De incorporarme a mi puesto ahora, como imagino que usted querrá comunicarme, tendría que hacer frente a un horario imposible de conciliar con mi vida. Mire usted que mis jefes pensaron que el motivo de esta baja era tan evidente que no tendría que incorporarme en todo el curso. Máxime porque en nuestro centro hay compañeros que por menos han hecho de la baja su modus vivendi.
De modo que, y para no extenderme más, si sumamos el total, llevo 16 años trabajando y he cogido 4 bajas: 2 por embarazo -aunque el primero, al nacer prematura, lo alargué 2 meses más-; otra por viudedad: 6 meses en total; y la última, por un cáncer de mama: 14 meses hasta la fecha. Eso suma, un total de 30 meses de baja; bueno 22, porque las bajas por maternidad entran dentro de la "legalidad". Sumo y, no sé a ustedes, pero a mí la cuenta me sale. Apenas dos años a cambio de tanto despropósito. Y eso sí, siempre con una sonrisa en la boca, que no se diga.
Confío, Señor inspector médico, que este informe le resulte convincente y que tenga a bien permitirme unos meses más para terminar de reconciliarme con la vida y volver así a un trabajo que, pese a todo, me sigue apasionando y para el que creo, sinceramente, que es una de las pocas cosas para las que he nacido.
Sin más, se despide atentamente:
Carmen María
Suya, siempre
PD: he usado cifras y no palabras en contra de la recomendación de la RAE para este tipo de texto con la vana esperanza de que las cuentas le queden a usted tan claras como a mí.