Le estaban agujereando los sueños. Al principio no fue capaz de percatarse del pequeño hurto. Los contaba cada noche y estaban todos. Es cierto que cada día más escuálidos y pusilánimes, pero ni uno solo de ellos había causado baja. Decidió hacerles una revisión exhaustiva pese a sus negativas continuadas. Les tomó la tensión y el pulso e incluso repitió las analíticas. Todo en vano. No había nada extraño más allá de la pérdida de peso. Finalmente, optó por el método más antiguo y seguro: se asomó a través de su insondable boca y pese a la oscuridad reinante, lo pudo ver al fondo, agazapado y semiinconsciente: un monstruo, pequeño y peludo, con ese aire de desconsuelo que ponen ante los adultos cuando son descubiertos. Procedió igual con el resto y tal y como presentía encontró la misma causa para el mismo desorden. Pulsó el botón de emergencia que había bajo su mesa para estos casos y se sentó impasible a contemplar cómo se iban cerrando las puertas y sellando las ventanas. Él mismo decretó el estado de aislamiento. No sabía cuántos más podrían estar contagiados ahí fuera.

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