jueves, 20 de marzo de 2014

FUTURO IMPERFECTO


"Es rara, ¿no? la nostalgia... Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos. Yo por ejemplo no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada tan bueno como para poder echarlo de menos... eso sí que es una putada (...) ¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado? Porque a mí a veces me pasa. Me pasa que me imagino cómo van a ser las cosas, y luego me da pena (...) pero es como una tristeza a cuenta, como la fianza de cuando alquilas una casa, pero con tristeza, que la pones por delante, porque total, sabes que la vas a acabar utilizando igual..."

Princesas, dirigida por Fernando Leon de Aranoa


Sonia Maria Luce Possentini


Sé que aún es demasiado pronto, pero algún día aceptarás que tras el recuerdo se esconde siempre, agazapada, la nostalgia. Que algunos recuerdos valen lo que tu pena. Y que a cambio de la memoria, el dolor acaba por convertirse en tu única credencial.

-Merece la pena- me dices en un futuro improbable, mientras clavas esos ojos que aún no han perdido, ni siquiera adulta ya, ese fondo de niña desvalida y triste.

-Tú sabes que lo mejor que te puede pasar, en el fondo, es la nostalgia porque toda nostalgia encierra siempre algo de verdad. No podemos añorar lo que no ha sucedido. 

-Es que no es nostalgia. La nostalgia es solo tristeza por el recuerdo de una pérdida. Es algo más. Es pena. Es dolor. Es sufrimiento. Es... como asomarse a un precipicio oscuro.Tengo pocos recuerdos suyos. La mayoría no sé si son reales, pero conservo intacto cada uno de ellos. Los repaso cada noche en la antesala del sueño y me acompañan como una sombra que me devuelve la conciencia de que soy real.

-¿Recuerdas cuando tu dolor regresaba irremediablemente a mí como un bumerán y acababa golpeándome como sí yo fuera la bruja mala de este cuento? ¿Recuerdas cuánta culpa había siempre detrás de mi mirada? No ser capaz de restar ni un ápice a tu dolor me arrebataba los atributos de la maternidad que yo envidiaba en otras madres: el poder de sus palabras bastaba para apaciguar el llanto de sus hijos. Y yo... ya ves.

-Sí, es cierto, y así pasamos media vida, deambulando de la culpa a la frustración y de la frustración a la culpa. Llegué incluso a decirte que habría preferido mil veces que hubieras sido tú la que se hubiera muerto. Te atreviste incluso a amenazarme con que quizá necesitara estar lejos de ti un tiempo. Y luego, vuelta a empezar.

-Nada te sirvió, ni siquiera mi enfermedad, ¿recuerdas?

-Iba a cumplir cinco años cuando mi padre murió. Creía firmemente que la magia producía acontecimientos y que tu amor podría haber evitado incluso su muerte. Y en cambio, no fue así, no pudiste. Hoy siento tu impotencia y tu desconsuelo de aquellos años y ahora soy yo la que contempla tu herida, incapaz de restañarla. Dejaste muy pronto de ser una madre todopoderosa y te volviste real, demasiado real. 

-No más real que el humo de estas palabras que no existen aún en mi memoria y por las que pago con una tristeza a cuenta, que pongo por delante porque sé que la acabaré utilizando igual. Hasta que seas adulta y al fin descubras que, pese a lo que te conté tantas veces, casi nunca tenemos el poder de elegir. Que, de hecho, pocas cosas elegimos, salvo el honor y la dignidad con que las afrontamos.

"Tuve amor, y tengo honor,
esto es cuanto sé de mí"

Calderón de la Barca, El médico de su honra.





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