Sé que no me creerás si te digo que es de noche y que la ciudad parece abandonada y que nosotros tres en esta casa sola, los últimos supervivientes. Es de noche y todas las voces, incluso las que nunca son reales -las de mi cabeza-, parecen estar calladas en el silencio de esta madrugada. Llaman a la puerta. Voy a abrir temblando por el frío, porque es de noche, pero nadie me responde al otro lado. Apuro angustiada las horas que quedan hasta el amanecer mientras te escribo esta carta. Saliste ayer de viaje y te dije que en tu ausencia todo podría suceder. Reíste con la risa del que tienta la suerte sin saberlo. A mí, apenas me quedan unas horas, mientras aún es de noche, y pienso en lo que les diré a los niños cuando se levanten y miren afuera y vean que, efectivamente, somos los últimos.

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