jueves, 27 de marzo de 2014

MUDANZAS


"No es fácil cambiar de casa,
de costumbres, de amigos,
de lunes, de balcón.
Pequeños ritos que nos fueron
haciendo como somos (...)
Hay cosas que no arrastra el equipaje:
el cielo que levanta una persiana,
el olor a tabaco de un deseo,
los caminos trillados de nuestro corazón.
No es fácil deshacer las maletas un día
en otra lluvia,
cambiar sin más de luna,
de niebla, de periódico, de voces,
de ascensor.
Y salir a una calle que nunca has presentido,
con otros gorriones que ya
no te preguntan, otros gatos
que no saben tu nombre (...)

Ángeles Mora, "Elegía y postales”






Hay casas que acaban pesando como un lastre. Puertas que abres un día y que ya no son la antesala de tu hogar. Ventanas que desembocan en patios oscuros y sórdidos. Habitaciones habitadas por fantasmas que ya ni siquiera te dan miedo. Intentas pintar las paredes, por si acaso resultan menos tristes. Y pones cortinas de colores chillones, por si acaso despistas al mañana. Pero te convences de que todo es ya inútil y firmas como funcionario indolente el acta de defunción del recuerdo.  

Y decides cambiarte de casa, como el que cambia de traje, así, sin contemplaciones. Y te prometes a ti misma abandonar tu pasado en los rincones. Y esconder por los armarios tus temores. Y meter bajo las alfombras los sueños incumplidos. Pero no sabes cómo hacerlo porque adquiriste sin saberlo, tras la defunción de tu marido, una multipropiedad a medias con tus hijos ¡Qué ironía, señor juez, que no me deje usted vender! ¡Qué ironía que mi marido falleciera un año después de comprar la casa y yo sola esté pagando por mí y por todos mis compañeros, como decíamos en los juegos infantiles! ¿Y si dejo de pagar, señor juez? ¿Me reclamarán tan solo el tercio de mi propiedad?

Pero encuentras soluciones. Porque, después de la enfermedad, ya sabes que no hay mudanzas imposibles. Y aunque sientes un poco de pudor ante el qué dirán del vecindario, sabes que es la única forma de salir de allí. Y te armas de valor una mañana y cuelgas el cartel, bien grande, para que no haya dudas: "Se alquila casa encantada". Y redactas el anuncio: "Casa grande y lúgubre, con un toque siniestro en los pasillos. En muy buen estado. Los fantasmas van incluidos en el precio. Muy bien educados. No importunan a partir de las doce. Se ofrecen referencias". 

Solo entonces compruebas, apenada, cómo acabamos por sentir querencia hasta de nuestros propios fantasmas. Y cierras la puerta definitivamente tras de ti, por si alguno se lo piensa mejor y decide acompañarte.


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