martes, 11 de marzo de 2014

COSTURAS


"Con cuyo principio comenzaron tantas cosas que luego no han dejado apenas de comenzar"

Thomas Mann, La montaña mágica



La primera vez que pude contemplar mi cicatriz, libre de los puntos y de los esparadrapos que hacían de contención, sentí una profunda impresión, y no por la ausencia que en ella se delimitaba, tal y como un día imaginé, sino porque el corazón, por primera vez, quedaba al descubierto. Tuve una sensación muy extraña, una mezcla de asco y de sorpresa ante aquel trozo de carne que latía ante mis atónitos ojos como si nunca antes lo hubiera hecho.

Los primeros días, apenas si me atrevía a mirar. Pensaba que, en cualquier momento, aquel músculo tan desprotegido dejaría de latir sin previo aviso. Pero no fue así. Siguió latiendo, afortunadamente, y marcando con esa cadencia un ritmo diferente a mi vida y a la percepción de las cosas. 

Lo cierto es que, desde entonces, veo una cicatriz que me atraviesa de lado a lado el corazón. Podría haber sido el lado derecho, pero está en mi lado dominante, en el lugar que antes ocupaba mi teta preferida. Porque ahora que no la tengo, sé que esa era mi teta preferida. ¡Qué absurdo! ¿verdad? ¿Puede uno tener una teta favorita? Pues sí. Es como si a un hombre le preguntaran por su testículo favorito. Seguro que sentiría tanto pavor de imaginarse sin uno de sus atributos que apenas podría articular palabra. En cambio yo, he aprendido a hablar sin pudor de mi teta.

Es una bonita cicatriz, cada días más. Me gusta y ese sentimiento intercede a favor de mi cuerpo. Pero, lo cierto es que me sigue doliendo. A veces, cuando hago ejercicio, fuerzo mi brazo hasta ese límite en el que mi cicatriz me recuerda su presencia. Y entonces, por un instante solo, me acuerdo de ella, y es una sensación agradable. Es como recordar que debes cuidar de alguien. Porque a eso me convoca mi cicatriz, a cuidar de mí misma y de mi cuerpo como nunca antes lo hice. Y así, cuando no cojo peso con mi brazo izquierdo, no lo siento como una limitación, sino como un acto de amor hacia mi brazo, que ahora más que nunca, se ha convertido en mi brazo preferido. 

Pero, otras veces, me duele sin previo aviso y sin que yo haga nada por convocarlo y ese dolor es un dolor que va más allá de mi epidermis, que viene desde dentro, y que atraviesa capas y capas de tejidos que luchan desesperadamente por cicatrizar. Y entonces me acuerdo, por un instante solo, de todas las cicatrices que se esconden detrás de esa costura que me atraviesa y es una sensación inquietante. Es como descubrir que hay cosas que desde entonces, no han dejado apenas de comenzar. Y así, cuando me duele una pérdida muy antigua o me asalta un recuerdo casi olvidado, ya no los siento como una limitación, sino que los acojo como un acto de amor hacia mí misma, que ahora más que nunca, se ha convertido en mi gesto preferido.

2 comentarios:

  1. La otra noche, en mis insomnios de calores, estuve oyendo por la radio una entrevista a Ángela Navarro. Es una peluquera famosa que ha llegado a abandonar su actividad en pasarelas y famoseo para dedicarse a confeccionar y a investigar sobre pelucas para personas con cáncer. Me gustó.
    ***
    Uf, cuando leo tus textos!

    ***
    (Me quedo sin palabras, me sigo quedando sin palabras.)

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    1. Después de la enfermedad he perdido el pudor de reconocer lo que soy o lo que siento. Es una gran liberación que, me hace sentir en paz.

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