Empezó a tenerles miedo. Al principio solo a una, la más grande: ante ella todas las vistas se volvían. Después fueron llegando otras, no tan grandes, pero casi tan terribles como ella. Luego vinieron las de apariencia menos temible, aunque no por ello menos peligrosas. Cada día aumentaba el número de manera imperceptible. Al fin fueron tantas que tuvo que escribir su nombre, por si por error las nombraba. Y fue tachándolas una a una de las pocas que aún quedaban en la lista. Hasta que una mañana despertó con la página en blanco. Enmudeció horrorizado y empezó a tararear melodías absurdas, temeroso de que las palabras pudieran hacerle daño con solo pensarlas.

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