"No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas"
Piedad Bonet
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Fui uno de los nueve trabajos de Hércules. Pero los escritores no contaron toda la verdad, quizá por no despertar la rabia de Hera, la esposa a la que Zeus , padre de Hércules, había sido infiel con una pobre mortal, Alcmena, su madre.
La fortaleza de Hércules no fue siempre sino la máscara tras la que esconder la infinita bondad de su corazón. Por eso, solo quiso, desde que tuvo noticias de su empresa, salvarme de mí misma, liberarme de las nueve cabezas que coronaban mi vigoroso cuerpo de serpiente, aniquilar el hedor que se extendía como un cáncer silencioso dentro de mí, curarme de la soledad del monstruo.
Por eso Hércules cortó las nueve cabezas, que fue cauterizando con el fuego purificador de su antorcha, asegurándose de que nunca volvieran a crecer. Al principio, pareció darme muerte, aplacando así la ira de Hera. Pero he de reconocer que Hércules me curó, aunque ahora no pueda reconocerme en las imágenes de los charcos; aunque ahora acaricie con tristeza el surco que dejó su espada en mi cuerpo; aunque ahora experimente por primera vez el miedo que veía reflejado en la mirada de mis víctimas; aunque ahora sepa, al fin, de la fragilidad humana que algunos llaman dolor, otros, los más osados, amor.