"La esperanza bien vale un pedazo de pan diario"*
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| "El hombre que se tambalea", A. Giacometti |
A M.,que me regaló la esperanza
Madrid es siempre un acto de fe. Tumbada como tantas veces sobre una camilla, mis ojos se pierden frente al gigantesco ventanal de un cuarto piso que mira, irreverente, hacia La Castellana. Apenas cinco minutos le bastan al reputado doctor para emitir un diagnóstico sobre mi pelo, casi inaudible para quien ha realizado un viaje tan largo para llegar hasta allí. Setenta y cinco euros más tarde y dos sesiones seguidas de tratamiento (de coste adicional) como hacen todos los que no viven en Madrid, zanjan cualquier posibilidad de duda. ¡Ah! ¿pero son muchos los que vienen de fuera? -me pregunto ensimismada en mis cuentas- y pronto descubro el constante ir y venir de silenciosos pacientes que, en apenas quince minutos y sin necesidad de cita previa, se van con su esperanza inoculada bajo la piel; pobres hombres y mujeres que, como yo, venderían su alma al diablo. Bueno, como yo no, porque mi caso es diferente, me confieso a mí misma en su susurro:
-Madrid es tan solo un acto de fe.
Poco importa la densidad y la caída de mi cabello, muy por debajo de las vitaminas que clavan bajo mi epidermis, yo sé que se abre paso, casi a tientas, uno de mis actos de fe más honestos: el querer creer que, pese a todo, estoy a salvo, para siempre, de esta enfermedad.
*De un relato que leí de adolescente: un preso de un campo de concentración debe guardar un pedazo de pan diario con el que alimentarse cuando él y su libertador estén libres; llegado el día convenido, descubre el engaño al no ver ni rastro de sus mendrugos de pan.