Fue contando con paso tembloroso cada uno de sus pasos hasta llegar al lugar señalado con una cruz en el mapa. Sabía que aquel tesoro escondido era la mentira que había alentado a su linaje generación tras generación. Miró a un lado y a otro con la secreta esperanza de encontrarse de frente con el dueño de un segundo mapa. Pero, no quedaba nadie más que él, el último descendiente de aquella estirpe de soñadores, dispuesto a volver a enterrar con sus propias manos el cofre que encerraba el único antídoto contra ese virulento azote que lo había convertido en el último superviviente.

Debe ser muy desasosegante sentirse, o mejor, saberse el último descendiente de una estirpe...
ResponderEliminarLo pensaba el otro día, en el museo Cerralbo, cuyo último dueño, de una familia de nobles que se remontaba al siglo XIII, murió sin hijos y dejó el patrimonio acumulado de siglos (sobre todo del XIX)a la creación de un museo.
Y cada día un grupo de curiosos ajenos a sus peripecias recorren los cuartos y las habitaciones donde vivió rodeado de cientos, miles de objetos variopintos de todo tipo, en el más absoluto de los lujos y con todas las prebendas sociales.
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Pero encontrar un tesoro con la ayuda de un mapa misterioso... Eso sí que es fascinante.
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Qué misterio notar cómo brota el pelo de la cabeza y volverlo a palpar incipiente y frágil...
Otros pelos (piernas, bigotes, axilas,cejas) no se notan crecer. Y los más escondidos, tras el parto, cómo pinchan desagradables.
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Hoy te he visto en varias fotos del instituto. ¡Estabas guapísima! Un año antes de que yo llegara, creo. Estamos haciendo una recopilación de momentos de Pedro Valero para un homenaje que se le hará el 13 de junio.