Y sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo; cayó en tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". El respondió: ¿quién eres tú, Señor? Y oyó que le decían: "Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero ahora levántate; entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tendrás que hacer".
Hechos de los apóstoles capítulo 9.
La conversión más famosa de la historia es, sin duda, la de San Pablo. La Biblia nos cuenta cómo Pablo que era un joven y fogoso judío que observaba con preocupación cómo se expandía en Jerusalén el cristianismo, decidió combatirlo y no descansar hasta aniquilarlo por completo.
Cierto día decidió viajar a Damasco con una autorización especial para encarcelar a todos los cristianos que encontrara en esa ciudad. De pronto, y casi ya en las puertas de la ciudad, una poderosa luz lo envolvió y lo tiró por tierra. Entonces oyó una voz, se levantó, y comprobó que no veía nada. Con la ayuda de sus compañeros pudo ingresar en la ciudad. Así, aquél que había querido entrar en Damasco hecho una furia, arrasando y acabando con cuantos cristianos encontrara, debió entrar llevado de la mano, ciego e impotente como un niño.
En Damasco se alojó en la casa de un tal Judas, y permaneció allí tres días ciego, sin comer ni beber, hasta que se presentó en la casa un hombre llamado Ananías que le impuso las manos, y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recuperó la vista. A partir de ese momento se convirtió al cristianismo y el perseguidor se convirtió en perseguido.
(WWW.san-pablo.com.ar Ariel Álvarez Valdés)
En contra de lo que dicen los tópicos, no es cierto que tras la enfermedad se produzca una suerte de conversión como la de San Pablo que, tras ese encontronazo que relata la Biblia, se trasformó en otra persona. Para el ser humano, tan fiel a sus costumbres, no es suficiente haber sobrevivido a un cáncer para experimentar ese cambio capaz de reconciliarlo con su propia historia. Quizá la enfermedad con su mira puesta en la conciencia de la propia finitud del hombre solo venga a cuestionar de manera definitiva los posibles de nuestra vida. Las pérdidas, con sus infinitos rostros, nos dejan sin asideros y sin excusas, sostenidos únicamente por nuestras convicciones más profundas.
La enfermedad es sin duda una de las más terribles pérdidas que afronta el hombre. Nos enfrenta con nuestro miedo y con nuestro propio desvalimiento despojándonos de todo aquello en lo que un día basamos nuestra seguridad. Y como en el tópico medieval del "ubi sunt" resuena la pregunta definitiva: ¿dónde están las efímeras glorias? Y como Manrique empezamos a preguntarnos por "la hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, la color e la blancura, los estados e riqueza, las llamas de los fuegos encendidos d'amadores... Y cada una de esas preguntas, retóricas por naturaleza, sin respuesta desde su misma formulación, apela en el hombre sufriente a la búsqueda de una respuesta capaz de dar sentido a la propia existencia.
Yo, como Borges un día, "he perdido tantas cosas que no podría contarlas". He perdido cosas que recuperaré con el tiempo, otras que ya nunca podré recuperar, y otras muchas a las que, definitivamente, ya nunca querré regresar. Y es que las pérdidas más dolorosas quizá no tengan sentido en sí mismas, pero el hombre está llamado a dotarlas de sentido, a trascender sus propias circunstancias y pese a la dificultad, la enfermedad o la muerte, ser capaz de articular todas las piezas, incluso las rotas, y construir con ellas una bella imagen, la mejor de las imágenes. Al final de algunos caminos es imposible llegar sin enfrentarse cara a cara con la dimensión trascendente y espiritual del hombre.
(WWW.san-pablo.com.ar Ariel Álvarez Valdés)
En contra de lo que dicen los tópicos, no es cierto que tras la enfermedad se produzca una suerte de conversión como la de San Pablo que, tras ese encontronazo que relata la Biblia, se trasformó en otra persona. Para el ser humano, tan fiel a sus costumbres, no es suficiente haber sobrevivido a un cáncer para experimentar ese cambio capaz de reconciliarlo con su propia historia. Quizá la enfermedad con su mira puesta en la conciencia de la propia finitud del hombre solo venga a cuestionar de manera definitiva los posibles de nuestra vida. Las pérdidas, con sus infinitos rostros, nos dejan sin asideros y sin excusas, sostenidos únicamente por nuestras convicciones más profundas.
La enfermedad es sin duda una de las más terribles pérdidas que afronta el hombre. Nos enfrenta con nuestro miedo y con nuestro propio desvalimiento despojándonos de todo aquello en lo que un día basamos nuestra seguridad. Y como en el tópico medieval del "ubi sunt" resuena la pregunta definitiva: ¿dónde están las efímeras glorias? Y como Manrique empezamos a preguntarnos por "la hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, la color e la blancura, los estados e riqueza, las llamas de los fuegos encendidos d'amadores... Y cada una de esas preguntas, retóricas por naturaleza, sin respuesta desde su misma formulación, apela en el hombre sufriente a la búsqueda de una respuesta capaz de dar sentido a la propia existencia.
Yo, como Borges un día, "he perdido tantas cosas que no podría contarlas". He perdido cosas que recuperaré con el tiempo, otras que ya nunca podré recuperar, y otras muchas a las que, definitivamente, ya nunca querré regresar. Y es que las pérdidas más dolorosas quizá no tengan sentido en sí mismas, pero el hombre está llamado a dotarlas de sentido, a trascender sus propias circunstancias y pese a la dificultad, la enfermedad o la muerte, ser capaz de articular todas las piezas, incluso las rotas, y construir con ellas una bella imagen, la mejor de las imágenes. Al final de algunos caminos es imposible llegar sin enfrentarse cara a cara con la dimensión trascendente y espiritual del hombre.

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