Pasó las páginas de aquellos interminables catálogos con el renovado propósito de encontrar esta vez una que realmente se ajustase a sus expectativas: mejorar -se decía a sí misma- era un derecho que se había ganado con creces. Conocía el rito de memoria, no en vano llevaba ya varias vidas de práctica: justo en ese momento final en el que la literatura habla de luces blancas y túneles y rápidos barridos en los que toda una vida aparece condensada en imágenes, ella se limitaba a esperar, ajena por completo a toda clase de sufrimiento, incapaz de anticipar lo que aun estaba por llegar en aquella vida que una y otra vez se empeñaba en repetir minuciosamente, sin escatimar uno solo de sus errores, preocupada tan solo en el último momento de recordar que, al menos esta vez, solucionaría lo de su vista cansada.

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