martes, 7 de abril de 2015

LA TIRANÍA DE LA FELICIDAD


"Felices los que lloran"

Mateo, 5 






Me vais a perdonar este título tan poco apropiado para estos días de vacaciones donde solo una defensa de la felicidad tendría cabida. Pido perdón de antemano a toda la legión de optimistas sin convicción que hacen de la felicidad su bandera, a los devotos de los libros de autoayuda y a los cientos de gurús que nos regalan métodos infalibles para aprender a ser felices en pocos días. 

Nuestro mundo es, sin duda, para los felices. La felicidad se esconde agazapada detrás de cada experiencia, vigilante como un juez implacable. No está de moda el sufrimiento. Cualquier síntoma incipiente es atajado de manera ejemplar. Desde el Prozac que fue presentado como la píldora de la felicidad hasta el Serotax denominado la nueva píldora contra la timidez, un arsenal de fármacos nos prometen protección frente a cada uno de los rostros del sufrimiento. 

El sufrimiento solo está permitido ante un reducido número de pérdidas, ligadas por lo general a la muerte de los seres queridos. Transcurrido lo que se estima como el período adecuado de luto, ya no queda más espacio para el dolor. Con la mejor de las voluntades, imponemos estrictos calendarios para las tristezas ajenas. Y debajo del "tienes que sobreponerte", "es hora de empezar a salir", "ya han pasado varios meses" se esconde un miedo cerval ante el dolor ajeno.

Otros dolores, otros duelos se diluyen en la indiferencia de lo que se vuelve cotidiano. Así pasamos de puntillas ante el profundo drama de la separación, sobre todo cuando hay hijos, de tal forma que apenas si damos la oportunidad de recomponer los pedazos rotos que toda pérdida conlleva. Con frecuencia escucho a los amigos aconsejar aquello de "un clavo saca otro clavo" o  "a rey muerto, rey puesto". A las pocas semanas estamos exigiéndole al que, en el mejor de los casos, se ha quedado hecho unos zorros que ponga la mejor de su caras y que salga ahí fuera tras la búsqueda del que le hará olvidar ese capítulo al que quedará reducida, como una triste anécdota, esos años de sus vidas.

En esa huida a toda costa del sufrimiento nos escondemos a veces detrás de conductas de fingida felicidad que nos crean una sensación de desamparo y de desorientación absolutos en este batiburrillo de endorfinas en el que a veces quedamos inmersos. He visto tristezas agudizadas ante la propia incapacidad de ser fiel a lo que tocaba vivir en cada momento: embarazadas incapaces de reconocer que no experimentan con el nacimiento del hijo ese estado de placentera felicidad del que hablan las revistas; parejas recién estrenadas que se debaten en cientos de sensaciones contradictorias; experiencias iniciáticas que generan altas dosis de insatisfacción...

No existe apología de la auténtica felicidad. No es posible aprender a ser felices. En buena parte de las ocasiones somos felices a destiempo. Y es ahí, precisamente, en la aceptación de esa asincronicidad donde reside la única forma de sobrevivir a cada una de nuestras desgracias, a cada una de nuestras felicidades.



1 comentario:

  1. Tienes razón en lo que dices. Me convencen tus argumentos y sonrío despacito ante ese afán de lograr la felicidad que mueve a los humanos. Hasta los despropósitos.

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