martes, 11 de agosto de 2015

VACACIONES FORZOSAS


"¿Y quién cosió los colores desconocidos al corazón?"

Federico Díaz-Granados


Juan Hidalgo



El día uno se fueron de campamento. Era el segundo de Belén y el primero de Jorge. Ella estaba expectante y pletórica; él, inquieto y triste. La noche de antes, Jorge lloró abrazado a mí jurándome que me iba a echar mucho de menos. Y, sin embargo, lo animé, le dije que mirara la estrella que más brilla cada noche que yo también la estaría mirando. No sé si él habrá llorado la primera noche, yo sí. 

Es raro este sentimiento. A veces es necesario echarse de menos, estrenar el miedo a la soledad, probar nuestras fuerzas para sabernos, pese a la dificultad, victoriosos. Es vital encontrar espacios en los que poder mirar con perspectiva a nuestros hijos, a nuestras parejas, a nuestros amigos... porque la convivencia diaria enreda con frecuencia los hilos que nos unen en una suerte de tela de araña que casi siempre se vuelve pegajosa. Quizá nuestra salud emocional agradeciera esas vacaciones obligadas en diferentes rincones del mundo donde nos encontraríamos con otros que, en soledad como nosotros, se alejan el espacio necesario para volver a tensar los hilos.

El día ocho volvieron. Tenía tantas ganas de verlos... les preparé su comida preferida, hice venir a toda la familia y, por unas horas, los efectos de la separación dieron su fruto. Nos abrazamos y me contaron hasta el último detalle de la aventura hasta que, de repente, empezaron a pelear y Jorge inició una sarta de reproches dirigidos a mí, desbordado quizá por el cansancio. En pocas horas habíamos regresado a nuestra rutina de siempre, como si nunca nos hubiéramos separado, como si ese echarse de menos se hubiera trocado en cuestión de segundos en un echarse de más. Pero, de vez en cuando, mientras Jorge me demuestra alguna de las habilidades adquiridas en el campamento, me confiesa: "cuánto te he echado de menos" y, durante unos segundos, en nuestras miradas se trasluce el brillo deslumbrante de nuestros hilos. Entonces sé que acerté en la decisión de dejarlo ir y confirmo una vez más mi teoría de las vacaciones forzosas. Quizá cuando llegue septiembre, más de uno se vea en la necesidad de pedirle al jefe unos días no más para esas vacaciones pendientes.




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