"En el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba"
Garcilaso de la Vega
Apenas encuentro fuerzas para levantarme. Sus ruidos se fueron acallando tras la bronca de esta mañana. Los oigo pulular, lejos ya de estas paredes. ¡Soy la reina!, les grito en una letanía que se va acallando hasta confundirse con mis gemidos. Soy-la-rei-na... la-rei-na. Pero nadie parece escucharme. Todo vuelve a su aparente calma.
Hay momentos en que no los soporto. Leo libros de autoayuda para aprender a contener mi ira cada vez que los descubro tumbados en sus habitaciones. Mis amigas me recuerdan que es lo normal, que ellos son así. Pero hoy he perdido el control y tras unas cuantas órdenes, que han sido ignoradas, como de costumbre, les he espetado en sus narices que eran unos zánganos, unos malditos zánganos a los que no estaba dispuesta a mantener ni un día más. Me he arrepentido al instante, pero ya estaba dicho. Sus miradas, por toda respuesta, me han traspasado; después, solo un portazo y un lejano rumor. Sé que yo soy la única culpable por llenar esos cerebros de mosquito de tantas ideas de grandeza.
Ahora estoy sola, muy sola. Los sicólogos dicen que esto se pasará, que es solo el síndrome del nido vacío, pero lejos de darme una solución, me han generado un nuevo problema de identidad: siempre estuve convencida de que esto era una colmena y yo, La Reina, La-Rei-na.
un susurro de abejas que sonaba"
Garcilaso de la Vega
Apenas encuentro fuerzas para levantarme. Sus ruidos se fueron acallando tras la bronca de esta mañana. Los oigo pulular, lejos ya de estas paredes. ¡Soy la reina!, les grito en una letanía que se va acallando hasta confundirse con mis gemidos. Soy-la-rei-na... la-rei-na. Pero nadie parece escucharme. Todo vuelve a su aparente calma.
Hay momentos en que no los soporto. Leo libros de autoayuda para aprender a contener mi ira cada vez que los descubro tumbados en sus habitaciones. Mis amigas me recuerdan que es lo normal, que ellos son así. Pero hoy he perdido el control y tras unas cuantas órdenes, que han sido ignoradas, como de costumbre, les he espetado en sus narices que eran unos zánganos, unos malditos zánganos a los que no estaba dispuesta a mantener ni un día más. Me he arrepentido al instante, pero ya estaba dicho. Sus miradas, por toda respuesta, me han traspasado; después, solo un portazo y un lejano rumor. Sé que yo soy la única culpable por llenar esos cerebros de mosquito de tantas ideas de grandeza.
Ahora estoy sola, muy sola. Los sicólogos dicen que esto se pasará, que es solo el síndrome del nido vacío, pero lejos de darme una solución, me han generado un nuevo problema de identidad: siempre estuve convencida de que esto era una colmena y yo, La Reina, La-Rei-na.

Los últimos días escucho con mucha tristeza las historias personales que se esconden detrás de algunos de los adolescentes a los que les damos clase. Su actitud en el aula es solo un pequeño reflejo de la que muestran en sus casas. Quizá sea cierto que el período de "reinado" con el que intentábamos educar en las casas-colmena y en las aulas-guardería se ha acabado. Ojalá y esta realidad nos sirva de revulsivo a docentes, padres y políticos para atender de una vez este "susurro" constante e implacable con el que algunos de nuestros de ellos nos están pidiendo ayuda.
ResponderEliminarAy, las madres de adolescentes!
ResponderEliminarA algunos les da fuerte el síndrome.
No puedes estar siempre enfadada; pero tampoco dejar de ser "la reina" ni pasar de sus zanganerías... Es un equilibrio difícil.