lunes, 2 de mayo de 2016

DIAGNÓSTICOS INCIERTOS

"Las primeras soledades se le clavaron en la frente
y en las manos
en los dedos
Aprendió a no gritarlas (...)
Pero acaso 
hay segundos que justifican una vida"

Aurora de Albornoz




Donata Wenders


Era una visita decisiva. Las pruebas de los últimos meses no habían arrojado luz sobre el origen de aquellos anómalos comportamientos. Hasta ese día habían probado diversas técnicas, pero el diagnóstico seguía suscitando una pesada incertidumbre. Hoy le introducirían un catéter y a través de la microcámara, estaban todos convencidos, localizarían la oscura causa y la posible solución. Las primeras imágenes generaron aún más inquietud en el joven neurólogo: allí se apreciaba una lesión antigua y junto a ella, otra de la misma época aproximadamente; más allá otra y otra de diversa antigüedad, como las diferentes capas de un terreno, que trazaban un extraño plano imposible de descifrar. En vano buscó una zona virgen, sin marcas, inmune a la enfermedad: no la había. Aquello era como un queso gruyer. Cualquier humano tendría afectados el habla, el recuerdo, las funciones motoras... Él no; inexplicablemente, dependiendo de la lesión sobre la que el flujo sanguíneo ejerciera la presión, recitaba los poemas que le habían ayudado a cauterizar las heridas que dejó cada una de las mujeres que había amado. El neurólogo, inexperto aún en cuestiones de amor, fue moviendo lentamente el catéter por todo su cerebro mientras asistía con emoción desbordada a aquel inusitado recital poético en la fría sala de un quirófano. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario