Las ciudades cobran otras formas, se inundan de mareas humanas, Babel se apropia de la urbe y uno desea por un instante merecer el don de descifrar todas las lenguas. Los palos selfie sobresalen entre las muchedumbres y los patines eléctricos amenazan con apropiarse de las calles. Han desaparecido los letreros que anunciaban el revelado instantáneo y las franquicias extienden sus garras a través de locales que venden idénticos productos en cualquier punto de Europa. Pese a todo, hay ciudades que, traspasadas por la fuerza de su propia historia, siguen ejerciendo para el viajero la fascinación de los cuentos de hadas.

Pus sí...
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