"Es un desierto circular el mundo
El cielo está cerrado y el infierno vacío"
Octavio Paz
El sonido de las ruedas de la pequeña maleta a través del asfalto sigue clavado en mi memoria y aún, en las noches que amenaza tormenta, las suelo oír arrastrándose por las calles recién pavimentadas. Partir nunca es fácil, pero a veces mejor hacerlo rápido para que el desgarrón sea un corte limpio. Ella salió de casa así, arrastrando en su maleta todos los sueños que aún nos quedaban por cumplir: tener un hijo, ir a Nueva York, morirnos juntos. Las rueditas de su maleta fueron aplastando uno a uno nuestros recuerdos: nuestro primer viaje juntos, aquella puesta de sol en el desierto y la muerte de Jimy.
Bueno, para ser sinceros, el comecome de Jimy nunca desapareció; al contrario, desde su misma muerte empezó a estar presente en los gestos más cotidianos: en el café de la mañana -cargado y con una nube de leche, como a él le gustaba-; en el servicio de más que en la mesa invariablemente ponían a diario -no permitías que nadie cogiera su servilleta por error- ; en la biblioteca del despacho- donde aún permanecen perfectamente alineados sus libros- Cada noche su presencia cobraba nuevas dimensiones. Aprendimos a vivir bajo su sombra y con los años, incluso, llegamos a mantener largas conversaciones con él frente al fuego de la chimenea. Siempre fuimos tres, desde el principio, incluso tras su muerte; estábamos acostumbrados y nunca nos importó. Hasta la noche en que Jimy se esfumó. Llamamos a espiritistas, a médiums, a sacerdotes expertos en exorcismos... Nada funcionó. Desde ese momento, nuestro matrimonio empezó a desmoronarse como un muñeco sin vida.
A los pocos meses de tu partida, Jimy volvió a casa y todavía, pese a los años transcurridos, en las noches de tormenta, nos sentamos en silencio frente al fuego a escuchar el sonido de las ruedas de tu pequeña maleta sobre el asfalto mientras tú te alejas irremisiblemente.

Me gusta el relato. Mucho
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Pero hoy pienso en la emoción del principio de curso, en sus preparativos...
Te imagino con la curiosidad por el nuevo centro, los nuevos alumnos, los nuevos compañeros.
Me sigue invadiendo la nostalgia.
Es ya tarde. Acabo de cerrar mi petición de centros. Esto es como una lotería. La elección de cada uno de los centros en los que he estado ha ido configurando mi vida: alumnos que no olvidas, compañeros que se convierten en parte de tu historia, destinos difíciles...
ResponderEliminarHoy me he ido sin despedirme de Alquerías (por si acaso vuelvo, por si nunca me voy del todo) Lo peor, mis alumnos. Ahora toca volver a empezar. Les digo a mis hijos entre pucheros que no tendré amigos en mi nuevo centro para tomarme el desayuno... Ellos se ríen mucho.
Entiendo lo de tu nostalgia, Aurora. Es bueno sentir nostalgia, señal de que amaste esta profesión hasta el último día de clase. Deseo poder decir lo mismo.
Un fuerte abrazo
Seguro que conoces a alguien porque nuestro mundo es un pañuelo.
ResponderEliminarY que en dos o tres días, tendrás un montón de compañeros que querrán desayunar contigo.
¡qué suerte, tus alumnos!
Ya nos contarás.
Besitos