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| Cultura inquieta |
Desde que llegó, su figura se recorta sobre el resto como una foto en blanco y negro en la que el fondo se hubiera desdibujado. El aula está llena, pero sin apenas darme cuenta sé que mis malabarismos diarios van dirigidos solo a ella. Al comienzo o al final de las clases, lanzó mis dardos envenenados por ver un brillo en su mirada, un gesto cómplice, alguna señal que me indique que voy por buen camino. Aún no he acertado. Hoy, después de leer el poema de Antonio Machado que empieza con ese magistral:
Sabe esperar aguarda que la marea fluya
así en la costa un barco sin que al partir te inquiete
les he contado que yo tenía su misma edad cuando lo escuche por primera vez. Mi profesora de literatura, tras leerlo, nos dijo que seguramente tardaríamos mucho en comprenderlo. Aquello me molestó, les he confesado, porque yo sí entendí lo de "sabe esperar" y de hecho, aquellos versos me han acompañado desde entonces. Pero también es verdad que tardé en aprender qué significaba aquello de "el arte es largo". Un buen pretexto, en definitiva, para hablarles de literatura, de poesía, de creación: a mí el el arte me ha salvado de casi todo -les confesaba.
He errado el tiro y no he alcanzado el objetivo que perseguía pero otra alumna se ha acercado para decirme si por favor estaría dispuesta a leer algunos textos suyos. ¡Tocada! Tus comentarios, cuando cuarenta y tres alumnos escuchan con aparente indiferencia tus palabras, no sabes nunca qué repercusión tendrán, imprevisible como las ondas provocadas por una insignificante piedra lanzada a un estanque en plena agitación.
Este auditorio nuevo me pone en tensión, me motiva, tira de mi disponibilidad y de mi capacidad de trabajo. Son interlocutores con los que es posible situarse a otro nivel: entienden la ironía, agradecen la poesía, te preguntan en las guardias de patio qué libro estás leyendo... Pero también sus problemas se asemejan a los de los adultos, a veces, incluso, los sobrepasan, son de una crudeza desgarradora. Y tú, ahí, en medio de ellos cual caballero andante armado con tus pobres palabras, intentando convencerlos de que "la literatura puede salvarlos de casi todo".

Veo la clase, te veo leyendo, oigo tu voz y el silencio de los alumnos, noto cómo las palabras van llegando a sus corazones y cómo poco a poco sienten la emoción de aprender la vida...
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Ella también lo empieza a sentir. Disimula!
Llevabas tanta razón cuando, a comienzo de curso, con un té de por medio, me decías que acabaría gustándome el segundo de bachillerato. Me siento feliz al intentar enseñarles la vida o, al menos, una forma de asomarse a ella, a esa edad en la que todo da tanto vértigo.
ResponderEliminarEs un privilegio milagroso la capacidad de abrir ventanas que tienen algunos profesores. Tú la tienes... Y la de contagiar...
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