"Como quien lee en un renglón tachado
el arrepentimiento de una vida,
con tesón, con piedad, con fe, aun con odio"
Claudio Rodríguez
lascivo y certero como la muerte
huidizo y triste
como tus ojos
Porque ya no hay leña
con que encender la sangre
ni oropeles falsos
que nos devuelvan
el deslumbre breve
del siempre gana
de un mal trilero
Porque el invierno acecha
y estamos solos
marcados a fuego
por la voraz mordida
de un sueño imposible
de eternidad
Porque hemos crecido
y tu dolor de hombre
se me detiene
hondo en el pecho
como cuando de niños
yo contemplaba
impotente y muda
el primer azote
con el que tú pagabas
las travesuras torpes
de quien aún no sabe
las multas que pone
tanta inocencia
a la alegría.

Me gustan especialmente esos versos, "las multas que pone tanta inocencia a la alegría". Què miedo me da pagar esas multas...
ResponderEliminarMi querida Almu, creo que el mejor ejercicio que hago en el blog es recoger las palabras de otros. En este caso, se tratan de unos versos de Inmaculada Mengíbar:
ResponderEliminar“Me gusta imaginarte cuando
aun no sabíamos
las multas que pone la inocencia
a la alegría”.
Su primer libro, "Los días laborables", lo tengo fotocopiado desde que, de adolescentes, mi amiga Ana me lo pasó; lo guardo como una joya: mi primer acercamiento a la poesía. Estos versos, me pasa con tres o cuatro autores, forman ya parte de mí hasta tal punto que los pienso muchas veces, los cito, los plagio, los hago míos y siempre, siempre, me traspasan con el acero de las cosas inefables.
Enorme este poema Carmen, ¡cuánta belleza trazas desde el dolor! Ojalá sea más escarcha que hielo antes de que el invierno congele el corazón. Ojalá unas cuantas palabras sean calidez que recuerde que la eternidad es siempre horizonte, y soñarla el camino que acompaña cada uno de nuestros latidos.
ResponderEliminarTus palabras, Oreneta, son siempre un regalo para mis ojos. Me recuerdan ese horizonte de eternidad en el que nos obstinamos en creer. Gracias sinceras.
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