Llevo años buscando un libro. Como quien busca su pareja ideal y pese a los continuos fracasos no ceja en el intento, así he pasado yo los últimos años. Ahora lo tengo ante mí, por fin lo he encontrado. En el prefacio, su viuda, Alexandra Broyard, resume con certeras palabras el objeto de mi búsqueda en este tiempo:
"Los escritos de este libro emanan del deseo de afrontar la enfermedad y la muerte y de integrar ambas en el tejido de la vida"
Cuando, como en mi caso, desde muy pronto, me vi compelida a integrar la muerte y ahora la enfermedad en el tejido de mi vida, resultó imposible, a partir de ese momento, permanecer indiferente; en palabras de Anatole:
"Me pareció que mi existencia, al margen de lo que yo pensara o sintiera, incluso de lo que hiciese, había adquirido su propio sistema métrico, como sucede en la poesía"
Así fue como empecé a buscar libros de una manera casi desesperada. La enfermedad me obligó a añadir también este tema a mi lista de obsesiones, aunque en el fondo, siempre supe que reflexionar sobre una llevaba irremediablemente a la otra. Me dí de bruces con textos carentes de emoción o cargados de realismo:
"Es mucho lo que dicen al lector sobre la vida consciente del enfermo de cáncer, pero no dicen gran cosa de sus ensueños o de sus fantasías, del modo en que la enfermedad a uno lo transfigura. Son libros objetivos, que van al grano".
Anatole, como buen crítico literario y con la sensibilidad del buen escritor, dedica el segundo y quinto capítulos del libro ("Hacia una literatura de la enfermedad" y "Literatura de la muerte, 1981-1982") a repasar los mejores libros de ficción y de no ficción que abordan este tema. Quizá, pensaba, ese era el motivo por el que yo me había dedicado a escribir a lo largo de estos meses: no se había producido ese hecho casi mágico de poder leer en palabras de otro un relato veraz y mejorado de tus emociones, de tus experiencias. La poesía, había sido hasta ahora el género más fecundo en este sentido. Pero, este capítulo venía a iluminar aspectos realmente sorprendentes acerca del acto de escribir y su significado:
"El paciente ha de empezar por tratar su enfermedad no como un desastre, un motivo para la depresión o el pánico, sino como un relato. Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor"
Empecé a marcar las páginas de este capítulo, a subrayar los párrafos más esclarecedores, hasta que dejé el lápiz, desconcertada ante tanta lucidez:
"Soy un crítico, y al estar críticamente enfermo pensé que podría aceptar el retruécano y volverlo sobre mi situación. Instintivamente pensé que lo primero que debía hacer era tratar de controlarla (la enfermedad) dándole forma de narración (...) Al principio me inventaba microrrelatos. La metáfora era uno de mis síntomas"
Fue inquietante reconocerse en tantos fragmentos:
"Quise contar a todo el mundo cómo es una enfermedad grave, las ideas que no han tenido precedentes y las fantasías que la enfermedad nos mete en la cabeza, los escrúpulos inesperados, las manías que introduce en nuestro cuerpo. Para una persona gravemente enferma, abrir su conciencia a los demás es como las sangrías que antaño recomendaban los médicos para reducir la presión"
Después de reflexionar sobre el acto de la lectura y la escritura, y a la vista de los resultados de las últimas pruebas médicas, me hago consciente de que la literatura ha sido, en mi caso, un agente sanador. La quimioterapia, sí; la alimentación, sí; el reposo y la paz de estos meses, sí; pero, por encima de todo, la literatura, las palabras y su enorme poder terapéutico. Me siento agradecida y conmovida ante esta buena suerte de tropezarme un día cuando adolescente con la literatura, en torno a la cual ha girado mi vida desde entonces y que hoy me permite alejarme de la palabra cáncer y jugar a las metáforas con la enfermedad, humanizándola e humanizándome, transformando el miedo en una oportunidad.
"Son muchas las maneras que una persona enferma puede desviarse y defenderse de sí mismo, acaso también de trascenderse"

Las semejanzas que describes conmueven, ponen los pelos de punta. No creo que se deba a un azar fortuito el encuentro de ese libro-espejo que esperabas con tanto anhelo.
ResponderEliminarEs un premio.
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Ya lo sabían los primeros habitantes del mundo: las historias, los relatos, los cuentos tienen el poder (también el terapéutico), tanto para el que las cuenta como para el que las escucha.