martes, 9 de abril de 2013

LOS CASTIGOS ETERNOS DE LOS DIOSES.


"Para todos los que, en algún momento de nuestra existencia, nos rebelamos ante un destino aparentemente incomprensible"


“A los pobres mortales los dioses dejaron el hado
De vivir afligidos; sólo ellos de pena carecen.
A la entrada, en la casa de Zeus, dos toneles se encuentran:
Uno lleno de males, y el otro está lleno de bienes.
Al que Zeus que en el rayo se goza se los da mezclados,
Hoy encuentra la dicha y mañana la pena encuentra,
Pero a quien da sólo males será siempre un mísero;
Perseguido por un hambre atroz pasará por la tierra,
Despreciado de todos los hombres y todos los dioses”

LA ILÍADA canto XXIV



Las historias mitológicas siguen fascinando a los pobres mortales. En ellas encontramos consuelo y, no pocas veces, explicación a nuestros males. Algunas ejercen sobre mí una poderosa atracción en los últimos años: Ixión,  condenado a permanecer atado a una rueda ardiente que daba vueltas sin cesar por intentar seducir a Hera ; las Danaides, que por asesinar a sus maridos fueron sentenciadas a llenar con agua por toda la eternidad un tonel que no tenía fondo; Ocno, castigado por elegir mal a su mujer a trenzar una cuerda que era constantemente devorada por un burro que le seguía sin descanso; Tántalo, condenado en el Tártaro a sufrir hambre y sed eternas por robar néctar y ambrosía a los dioses.

Pero, de todos estos personajes mitológicos, Sísifo es mi preferido. Desde los tiempos de Homero, Sísifo tuvo fama de ser el más astuto y sabio de los hombres. Cuando Tánatos fue a buscarle, Sísifo le puso grilletes, por lo que nadie murió hasta que Ares liberó a Tánatos, y puso a Sísifo bajo su custodia en el inframundo. Pero, antes de morir le dijo a su esposa que cuando él se marchase no ofreciera el sacrificio habitual a los muertos; ésta así lo hizo. Ya en el infierno, se quejó de que su esposa no estaba cumpliendo con sus deberes, y convenció a Hades para que le permitiese volver al mundo superior y así castigarla. Cuando estuvo de nuevo en Corinto, rehusó volver al inframundo y así vivió varios años más en la tierra hasta que fue devuelto a la fuerza por Hermes. De nuevo en el infierno, Sísifo fue obligado a cumplir su castigo, que consistía en  empujar eternamente una roca gigantesca hasta lo alto de una colina desde donde caía de nuevo viéndose obligado a empujarla una y otra vez. Así se cuenta en la Odisea.

Hoy me vuelvo a sentir de nuevo como Sísifo. Estos últimos meses me parecen, en muchos momentos, una condena absurda: me someten a un tratamiento que me deja completamente indefensa -ahora sé lo que significa realmente esta palabra- para ir sacándome, con muchas dificultades, de ese estado de postración hasta dejarme preparada para volver a empezar. Justo en esos momentos en los que siento  la tentación de rebelarme contra mi suerte, releo  las palabras de A. Camus, de las que reproduzco aquí un fragmento:

“Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. Sísifo, impotente y rebelde, conoce la magnitud de su condena: en ella piensa durante su descenso. ¿En qué consistiría su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? Sin embargo, las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así Edipo obedece ciegamente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en el que sabe. Pero en el mismo instante en el que, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano de una muchacha, resuena una frase desesperada: “a pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma, me hacen juzgar que todo está bien”. Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar el corazón de un hombre”.

En esta montaña rusa de sentimientos en la que estoy inmersa, a veces acabo olvidando que mi boleto no es eterno; que en algún momento, por lejano que parezca, la música de la feria sonará anunciando que el tiempo del viaje se ha cumplido. Me sostiene, pues, la esperanza de conseguir mi propósito. Pero, aquellas pocas vidas en las que he tenido la oportunidad de asomarme a las que no les sostiene esta esperanza, ¿juzgarán que "el esfuerzo mismo basta para llenar el corazón de un hombre"? Hace un tiempo, lo habría afirmado sin dudarlo por un instante. Hoy,  que me he asomado al abismo que se extiende desde la cima de la montaña, que he comprobado el peso de la piedra sobre mi espalda, que he experimentado  cotas de dolor muy altas, creo, agradecida, como Edipo, "que todo está bien". Y en esa sencilla frase, tan difícil de pronunciar para mí en este momento, reside toda mi esperanza.




1 comentario:

  1. Está muy bien que olvides lo del boleto. Sobre todo, ahora. ¡Es fantástico! No puedes dejar de sentir tu corazón lleno de vida, con tantísimas cosas por ver y por hacer. Tu viaje apenas ha comenzado y tienes que llegar muy lejos, salvando todos los obstáculos.
    ¡Devorarás el elefante!
    ***
    Como siempre, me ha encantado tu texto. ¡Qué bien has explicado la terrible historia de Sísifo y de los otros compañeros de fatigas eternas! Y qué bien traídas a tus últimas experiencias vitales.
    ***
    (Se nota que eres profesora...)

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