"Sin embargo, es difícil tener la cabeza en otra cosa cuando estás atrapada en tu cuerpo. Cuando la envoltura física asume todo el protagonismo. Ah, qué complicada relación hemos tenido siempre los humanos con nuestros cuerpos (...) El cuerpo nos apresa, nos enferma, nos limita, nos mata. Somos rehenes del cuerpo que nos toca y con él planteamos batallas que sólo acaban cuando fallecemos (...) Es cierto, el cuerpo es un tirano (...) Pero, al mismo tiempo, ¡qué grandioso este cuerpo que nos permite ver la belleza del mundo, escuchar músicas sublimes, beber y comer cosas deliciosas, besar y acariciar y amar, pasear por hermosos montes remotos en una mañana fresca y nublada! (...)
Rosa Montero, "Querido y odiado cuerpo" , El País, 4/8/13
Me habría resultado inimaginable hace ocho meses creer que quedaría atrapada en mi propio cuerpo con solo 40 años y asumir que su sola envoltura acabaría cobrando todo el protagonismo de mi vida. Impensable por lo ilógico habrían sido las pérdidas lentas pero implacables de mis facultades físicas; el deterioro constante de mis uñas, mi piel, mi pelo; las profundas cicatrices que sesgaron carne demasiado joven. Contemplo el estado en el que ha quedado mi cuerpo y un poco como Quevedo siento el profundo dolor del que sabe asediada su fortaleza:
"Miré los muros de la patria mía
si un tiempo fuertes, ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía"
Pero engañoso sería no confesar las grandes paradojas que encierran muchas veces nuestras derrotas. Porque, aunque resulte osado confesarlo, el forzoso confinamiento en el que mi cuerpo enfermo me ha postrado trajo consigo el descubrimiento del tiempo detenido. Acorralada por mi propio cuerpo que exigía ritmos diferentes a los que estaba acostumbrada, me he encontrado con el inmenso regalo de ese otro tiempo realmente fructífero en el que no hay nada que hacer, donde las obligaciones desaparecen, las horas se vuelven lentas y aburridas y es harto improbable que pueda ocurrir algo que no tenga que ver exclusivamente contigo misma.
Así vivo estos último días de verano, ajena por completo al bullicio de las playas, escondida en este apartado lugar, disfrutando de este tiempo detenido, saboreando a pequeños sorbos los placeres que mi cuerpo vuelve a entregarme. Sorprendida por el continuo regalo de saberme viva, compruebo agradecida cómo en mí se dan cita las cuatro aspiraciones del hombre renacentista: el beatus ille (alabanza de la vida sencilla en el campo frente a la vida en la ciudad) el carpe diem (atrapa el día, aprovecha el momento), el locus amoenus (lugar ameno, idealización de la realidad) y el tempus fugit (tiempo que corre). La conciencia de lo que supone haber alcanzado tanto en tan poco tiempo me llena de un serena felicidad que me reconcilia con mi atribulado cuerpo.
Rosa Montero, "Querido y odiado cuerpo" , El País, 4/8/13
Me habría resultado inimaginable hace ocho meses creer que quedaría atrapada en mi propio cuerpo con solo 40 años y asumir que su sola envoltura acabaría cobrando todo el protagonismo de mi vida. Impensable por lo ilógico habrían sido las pérdidas lentas pero implacables de mis facultades físicas; el deterioro constante de mis uñas, mi piel, mi pelo; las profundas cicatrices que sesgaron carne demasiado joven. Contemplo el estado en el que ha quedado mi cuerpo y un poco como Quevedo siento el profundo dolor del que sabe asediada su fortaleza:
"Miré los muros de la patria mía
si un tiempo fuertes, ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía"
Pero engañoso sería no confesar las grandes paradojas que encierran muchas veces nuestras derrotas. Porque, aunque resulte osado confesarlo, el forzoso confinamiento en el que mi cuerpo enfermo me ha postrado trajo consigo el descubrimiento del tiempo detenido. Acorralada por mi propio cuerpo que exigía ritmos diferentes a los que estaba acostumbrada, me he encontrado con el inmenso regalo de ese otro tiempo realmente fructífero en el que no hay nada que hacer, donde las obligaciones desaparecen, las horas se vuelven lentas y aburridas y es harto improbable que pueda ocurrir algo que no tenga que ver exclusivamente contigo misma.
Así vivo estos último días de verano, ajena por completo al bullicio de las playas, escondida en este apartado lugar, disfrutando de este tiempo detenido, saboreando a pequeños sorbos los placeres que mi cuerpo vuelve a entregarme. Sorprendida por el continuo regalo de saberme viva, compruebo agradecida cómo en mí se dan cita las cuatro aspiraciones del hombre renacentista: el beatus ille (alabanza de la vida sencilla en el campo frente a la vida en la ciudad) el carpe diem (atrapa el día, aprovecha el momento), el locus amoenus (lugar ameno, idealización de la realidad) y el tempus fugit (tiempo que corre). La conciencia de lo que supone haber alcanzado tanto en tan poco tiempo me llena de un serena felicidad que me reconcilia con mi atribulado cuerpo.

Me encanta todo lo que vas escribiendo, Carmen. Ahora... a seguir cogiendo fuerzas para ver, escuchar, besar, acariciar, amar...
ResponderEliminarUn abrazo muy grande.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarAhora, Teresa, miro mi cuerpo con ojos tan diferentes... Se ha convertido es una especie de templo sagrado. Siento hacia él una profunda admiración y un sincero agradecimiento. Ver, escuchar, besar, acariciar y amar son una auténtica oportunidad para ser feliz.
ResponderEliminarEl paso de los días, de los meses, de los años... Ellos sí que van transformando este envoltorio nuestro en el que con frecuencia apoyamos nuestra seguridad.
ResponderEliminarComo te escribo desde una tableta, de pronto se bloquearon las letras y no pude seguir con mi contentarlo anterior... Pero en fin, aquí estoy otra vez. Mucho más admirable que el templo es la filosofía que lo sostiene y que le da sentido. Pienso ahora en los templos griegos, destruidos, en su belleza imponente derramada a través de los siglos. La fuerza que los mantiene no es la piedra, ni las columnas. Es el ansia de los hombre de sentir a los dioses, de explicar el comportamiento, de dominar los sentimientos que los hace mejores...
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He estado unidos días por los arribes el Duero. En casa, te escribiré . Un beso.