A Alicia, de cuya mano realicé aprendizajes imposibles.
"El sufrimiento no es estéril, es una potente fuerza que nos mueve e impulsa a crecer y adaptarnos. Ayudar a que produzca este efecto sin que se desmorone la persona que lo padece es una tarea importante y delicada. Seguramente la que más sentido dé a la existencia de los profesionales sanitarios"
Dr. Casado
Y cuando aquella doctora a la que solo había visto tres meses antes, concluyó sin ningún tipo de duda que mi hombro estaba recuperado y que en mi brazo no había indicio alguno de linfedema, supe que el viaje había terminado. Me daban el alta, ya no necesitaría más sesiones de fisioterapia, el resto sería, como siempre se decía en estos y en otros casos, cosa de mejorar con el tiempo. Me sorprendí a mí misma al descubrirme un nudo en el estómago: aquella había acabado por convertirse en mi rutina cotidiana y tenía que reconocer que ese final de trayecto había sido reconfortante.
Yo, que no creo ya en las casualidades, me preguntaba cuántas de ellas habrían sido necesarias para haber conseguido llegar hasta allí. Constaté casi de inmediato al conocer a mi fisio que alguien al fin era capaz de sentir y comprender mi dolor físico y me vi aliviada, como el bebé que tras una intensa rabieta, cae rendido reconfortado por el cálido abrazo de su madre. Lentamente, sesión a sesión, fuimos creando lazos, como el zorro y el Principito y solo al final comprendí que tras aquella cicatriz que ella movilizaba sabiamente a diario se superponían en densas capas tantas otras que pensé curadas hace tiempo. Me fui dejando hacer por aquellas manos destinadas a tocar heridas, a veces, como en mi caso, demasiado cercanas al corazón.
Miré a mi alrededor en aquella mi última sesión y descubrí su secreto: "lo esencial es invisible para los ojos"; ella había aprendido a mirar con el corazón, ¿cómo si no sobrevivir a todo el sufrimiento del que estaba rodeada a diario? Aquel día, junto a ella estaba D., con quien compartiría la sesión y del que me había hablado en alguna ocasión. Era tan inteligente como lo había descrito. Escuchaba retazos de su vida: sus tres carreras universitarias, su experiencia en la radio, su novia sevillana que tanto reía con sus bromas... Hablaba de la dificultad de leer porque solo podía hacerlo ya a través de un programa que pronunciaba en voz alta y bromeaba con la idea de cursar una cuarta carrera ya que como él decía: "era gratis para los cojos". Así fue como me habló de su silla de ruedas. El resto ya lo conocía. Mientras repetía concentrado su ejercicios, era testigo de las maniobras de Alicia bajo mi camiseta. Imposible para alguien como D. ser un testigo mudo, así que no tardó en espetarme la pregunta a bocajarro: te falta un pecho ¿verdad? Agradecí emocionada esa sinceridad sin tapujos y sentí que por primera vez alguien me preguntaba de igual a igual; incluso, estaba convencida de que D. sabía mucho más que yo de las pérdidas.
Y ya casi al final, como en el teatro de los siglos de oro donde la justicia poética que premia siempre la virtud y el honor de los buenos y castiga el vicio y el comportamiento deshonroso de los malos acababa por imponerse siempre a través de la figura del rey, hizo su aparición mi cirujano, dispuesto providencialmente a calmar mis últimos temores. Supe ya entonces que aquella última sesión había supuesto para mí como para los espectadores del teatro griego una auténtica catarsis, una verdadera experiencia interior liberadora y que al fin estaba preparada para empezar de nuevo.
Miré a mi alrededor en aquella mi última sesión y descubrí su secreto: "lo esencial es invisible para los ojos"; ella había aprendido a mirar con el corazón, ¿cómo si no sobrevivir a todo el sufrimiento del que estaba rodeada a diario? Aquel día, junto a ella estaba D., con quien compartiría la sesión y del que me había hablado en alguna ocasión. Era tan inteligente como lo había descrito. Escuchaba retazos de su vida: sus tres carreras universitarias, su experiencia en la radio, su novia sevillana que tanto reía con sus bromas... Hablaba de la dificultad de leer porque solo podía hacerlo ya a través de un programa que pronunciaba en voz alta y bromeaba con la idea de cursar una cuarta carrera ya que como él decía: "era gratis para los cojos". Así fue como me habló de su silla de ruedas. El resto ya lo conocía. Mientras repetía concentrado su ejercicios, era testigo de las maniobras de Alicia bajo mi camiseta. Imposible para alguien como D. ser un testigo mudo, así que no tardó en espetarme la pregunta a bocajarro: te falta un pecho ¿verdad? Agradecí emocionada esa sinceridad sin tapujos y sentí que por primera vez alguien me preguntaba de igual a igual; incluso, estaba convencida de que D. sabía mucho más que yo de las pérdidas.
Y ya casi al final, como en el teatro de los siglos de oro donde la justicia poética que premia siempre la virtud y el honor de los buenos y castiga el vicio y el comportamiento deshonroso de los malos acababa por imponerse siempre a través de la figura del rey, hizo su aparición mi cirujano, dispuesto providencialmente a calmar mis últimos temores. Supe ya entonces que aquella última sesión había supuesto para mí como para los espectadores del teatro griego una auténtica catarsis, una verdadera experiencia interior liberadora y que al fin estaba preparada para empezar de nuevo.

Feliz Navidad, Carmen.
ResponderEliminarNo dejes de ser TU. Sigue creciendo... Haces crecer a todos los que te conocemos.
Gracias !!!
Tu cirujano.
Me conmueve tu cercanía. Me admiro ante el poder terapéutico de tus palabras. Me siento, gracias a ti, sinceramente reconciliada con todos estos meses de sufrimiento.
ResponderEliminarGracias.
También lo digo yo: no dejes de ser TÚ, ni dejes de escribir. Ni dejes de mirar con ese asombro dulce. Ni dejes de disfrutar con las cosicas pequeñas...
ResponderEliminar***
Te copio un poema, de los últimos que he releído estos días de Navidad preparando a Rafael Alberti:
El ángel bueno
Un año, ya dormido,
alguien que no esperaba
se paró en mi ventana.
¡Levántate! Y mis ojos
vieron plumas y espadas.
Atrás montes y mares,
nubes, picos y alas,
los ocasos, las albas.
‹¡Mírala ahí! Su sueño,
pendiente de la nada.
¡Oh anhelo, fijo mármol,
fija luz, fijas aguas
movibles de mi alma!
Alguien dijo: ¡Levántate!
Y me encontré en tu estancia.
¡Qué ganas tengo de escucharte hablar de Alberti! Tienes un auditorio difícil, Te pedirán que los lleves de la mano para entrar en el significado exacto del poema y Alberti se resiste. Va a ser un pulso extraordinario. No quiero perdérmelo.
ResponderEliminarGracias siempre por el poema.
Sí, es un auditorio complejo, difícil, muy heterogéneo, grande, sin identidades ni nombres... Y es también muy agradecido. Me dijeron cosas muy hermosas en la comida de Navidad.
ResponderEliminarCreo que Miguel Hernández ha sido el autor que más han gozado. Y del que han descubierto nuevos matices.
Todavía no he hecho la selección de poemas de Alberti que voy a entregarles. Y ando "perdida" para encajar todo en hora y media. Se admiten sugerencias...