miércoles, 20 de agosto de 2014

MICRORRELATO: LOS TRISTES


"Mientras se hunde y opera
sin anestesia la retórica
-pues ya no tengo corazón-
solo quiero cerrar los ojos
no ver los sitios donde he estado"

Juan Carlos Abril

E. Munch


Se encontraron de casualidad, que es la forma que escoge el destino para urdir en silencio la trama desmanejada de ciertas vidas. Se reconocieron en esa dignidad arrogante que asoma a los ojos de los que han sabido pelear duro. Desde entonces, se volvieron inseparables, sin que mediaran más presentaciones. Y, poco a poco, como caídas a jirones, fueron llegando las horas de las confidencias. Desde qué él no tenía pierna, sentía unas ganas irrefrenables de jugar al fútbol; nunca hasta entonces lo había hecho pero, ahora, soñaba cada noche con ese gol que decidiera el resultado del partido en el minuto final. Desde que ella no tenía pecho, soñaba con cálidos baños en playas nudistas donde dejar de ocultar su triste desnudez. Desde que él no tenía pelo, acariciaba su cabeza con la misma desolación del adulto que contempla sus juguetes inservibles. Desde que ella no tenía sexo, se sabía inmortal como los dioses, que no conocen el deseo. Pero sobre todo, era desde que no tenían corazón que iban, de manera casi imperceptible, entrando cada día un poco más en esa ciega complacencia de los muertos que los iba volviendo cada día un poco menos tristes.



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