lunes, 20 de octubre de 2014

BLANCO


"Cuando el cuerpo nos vuelve hacia sus cauces"

Jaime Gil de Biedma


Lucio Fontana



Supongo que habrían sido perdonables unos minutos de histeria en aquella sala de la que cuelga el cartel de: "histeroscopia" y donde las mujeres, al abrir las piernas, dejan caer sus miedos como hijos paridos a destiempo. Supongo que con lo que no contaban era con mi silencio, con esta terrible sumisión como de animal herido que se abandona a su destino. Las enfermeras me preguntaban por el dolor, pero yo solo pensaba en las salas blancas, tan blancas como el vestido de las novias; en las paredes blancas como las palomas que portan mensajes de paz; en los interminables pasillos blancos de la zona blanca donde he ido arrastrando mi miedo como el que tira de un pesado fardo que abandona en la cuneta de cualquier carretera dispuesto a estrenar una nueva vida.



3 comentarios:

  1. Qué cercano tu texto, tan blanco, tan diáfano, tan sugerente...
    ***
    De vez en cuando me llegan unas ganas enormes de estrenar nuevas vidas: de vivir en otra ciudad, con otras gentes, otro ritmo, otras ocupaciones... Cambiar de zapatos.

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  2. Lo he leído esta mañana en La Opinión, y me he reído mucho.
    ***
    Pregúntale a otro - Juan José Millás

    Cuando uno decide cambiar de vida, suele ocurrir algo que da al traste con los buenos propósitos. Si has pensado en hacer ejercicio, te acatarras; si comer de forma saludable, te descompones; si dejar de fumar, ese día recibes un encargo imposible de acometer sin la ayuda inicial de un Camel. Introducir cambios en la rutina significa en realidad adoptar una rutina nueva. Ser otro. A ese otro, hay que soñarlo durante un tiempo antes de convertirse en él. Si piensas, por ejemplo, que sería estupendo madrugar, tienes que imaginarte muchos días saliendo de la cama pronto, aunque sin moverte de ella. Lo mejor es que pongas el despertador a las 5,30 o las 6,00 y cuando lo oigas sonar entre las sábanas calientes, fantasear con la idea de levantarte. No te levantarás porque en la cama, a esas horas, se está en la gloria. Pero si persistes en poner el despertador y en imaginarte debajo de la ducha, tarde o temprano un sentimiento de culpa te arrancará de entre las sábanas.
    El problema es qué hacer luego. Supongamos que tienes el proyecto de escribir y que te pones a hacerlo. Lo normal es que a la segunda línea regreses a la cama (escribir es muy duro). No importa, cierra los ojos e imagina que escribes. Visualízate inclinado sobre la mesa, tecleando el ordenador. Un día y otro y otro. Al final, gracias de nuevo al sentimiento de culpa producido por la distancia existente entre cómo te imaginas y cómo eres en realidad, decides escribir. El problema, ahora, es sobre qué rayos escribes. Pero supongamos incluso que tienes una historia en la cabeza. La cuestión es por qué frase empezar.

    Decido entonces hacer un concurso de frases en el taller de escritura creativa. Frases para empezar una novela, se entiende. Gana el concurso, por votación mayoritaria de los alumnos, la siguiente: "Mi padre estaba calvo". Me llevo a casa la frase, pongo el despertador a las 5,00, me levanto y le empiezo a darle vueltas, a ver cómo sigo. Al cuarto de hora, enciendo un cigarrillo (había dejado de fumar el día anterior), y a la media hora decido regresar a la cama. Cuando me levanto, dos horas más tarde, después de un sueño pegajoso, siento que estoy acatarrado. Creo que cogí frío al salir de la cama tan temprano. Quiere decirse que si decides cambiar de vida, pregúntale a otro cómo se hace.

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  3. Me ha encantado. A mí, a veces, también me tienta la idea de ser otro. "A ese otro - como dice Millás- hay que soñarlo durante un tiempo antes de convertirse en él". Quizá sea esta la única razón por la que escribo. La página en blanco con sus múltiples posibilidades es siempre tentadora, aunque, a veces, los resultados sean tan irónicos como el final de esta historia.

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