"Muy de cuando en cuando, sus muertos se le venían encima, una inesperada tromba fantasmal, un zarpazo de congoja que desgarraba el pecho"
Montero, R., El peso del corazón
| P. Delvaux |
Con los años, por suerte, los encuentros se han ido distanciando. Pero hay semanas en las que el azar me tiende trampas en cada esquina y detrás de los maniquíes de algunas tiendas, en los asientos contiguos de los aviones o en las ventanillas de los bancos me encuentro con algunos fantasmas que me asaltan sin recato ni pudor. Tardo unos segundos en reconocerlos. Tal vez a causa de mis ojos, que deben realizar un viaje de ida y vuelta desde las profundidades del infierno antes de que sus nombres vuelvan a asomar a mis labios. Intento ser cortés con ellos, preguntarles por su trabajo, por sus hijos, recordar, incluso, alguna anécdota de cuando nos creíamos tan felices. Reímos con una risa apagada, gastada por el tiempo, vacía de complicidad y nos prometemos volver a encontrarnos. Pero ahora ya sabemos que esa es solo una mera fórmula de despedida, la señal convenida para el descorche del recuerdo. En casa, ya a solas, intento sacudirme los recuerdos. Les paso varias veces el peine para ver si así los desenredo. Conecto las alarmas contra la nostalgia y mientras me sirvo una copa del vino más peleón de la bodega, mi cabeza se escapa a ese pequeño espacio de recuerdos comunes que aún sigo manteniendo intacto. Vuelvo la vista atrás, solo entonces soy capaz de adivinar el peso exacto del corazón
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