jueves, 5 de marzo de 2015

MAESTROS


"Enseña solo, oh maestro, el camino del esplendor"

José Perona, maestro de gramática.


Ernst, M,, Treinta y tres muchachas salen a cazar la mariposa blanca


A diario soy consciente del poder que mis palabras adquieren cuando traspaso el umbral de un aula. Las mido, las elijo, las manipulo incluso cuando, a mitad de una clase, les espeto las mismas expresiones que mis alumnos utilizan y que me sirven para despertar su sonrisa y traerlos a mi terreno. En mi cuaderno de notas solo existen los positivos por los días de trabajo y cuando a final de trimestre hacemos las cuentas, hasta los "tres tristes positivos" poseen un gran valor. Me jacto de poner pocas amonestaciones y de recurrir a métodos como la amenaza o al chantaje, si es preciso, cuando descubro que se han fugado una de mis clases. Ellos sonríen porque en el fondo les gusta sentir que son importantes para su maestro. Porque en los pueblos no eres un profesor, eres un maestro. 

A los auténticos maestros les debemos tareas tan complejas y decisivas como enseñar a leer y a escribir, que son las verdaderas puertas de acceso para la adquisición de cualquier tipo de conocimiento. Admiro, pues, a los maestros y respeto profundamente su trabajo. Así se lo hacía saber el otro día a la profesora de mi hijo: le daba las gracias por haberlo enseñado a organizar una libreta, a escribir con trazos firmes, a plantear los problemas de manera secuenciada, a leer con esa entonación que hasta a mí me emociona, a recitar poesías que pasarán a formar parte para siempre de su acervo. Me siento agradecida y sé que juntas cooperamos por un bien común: la educación de mi hijo. Esos son los buenos maestros, de los que me hablan mis alumnos en sus redacciones cuando, en primero de la ESO, les pido que me cuenten cuáles son las mejores enseñanzas que traen del colegio.

Desafortunadamente, también hay otras formas de estar en el aula y de situarse frente a los alumnos que consiguen en poco tiempo destruir parte del trabajo que desde casa se hace por compartir y fomentar el amor por la lectura. Mi hija mayor, quizá para compensar mi inexperiencia como madre, creció escuchando poesías que servían para todo: para dormir, para comer, para jugar. Empezó a convivir con los libros desde que pudo sujetar uno entre sus manos. Y el año que aprendió a leer supe que dispondría de una herramienta mágica que le permitiría canalizar esa vida que con tanta crudeza habría de experimentar. Guardo textos, escritos aún con letras mayúsculas, de una profundidad que produce vértigo. ¿Cómo es posible que hoy llegara del colegio derrotada y llorosa porque un examen de Conocimiento del Medio valorado con un diez  había bajado a 9'50 por cuatro tildes y al hacerle saber al profesor que sí que las había puesto pero muy flojito se lo ha bajado a un 9? ¿Cómo es posible que la haya amenazado con una segunda corrección en la búsqueda de un nuevo error que no ha encontrado? ¿Cómo es posible que, al entregarle un cuento de dos folios mecanografiados con dos dedos e inventado a partir de la primera frase de uno de los microrrelatos que yo escribía delante de ella mientras esperábamos en la consulta del médico, le haya preguntado que para qué le lleva eso a él? ¿Cómo es posible que cuando define palabras en un examen sin usar un diccionario como les permite al resto le reproche que lo suyo no tiene mérito por ser hija de una filóloga? ¿Cómo es posible que mi exquisita educación me impida mañana confesarle que, pese a maestros como él, los alumnos brillantes acaban siempre encontrando el camino hacia el esplendor?

Por toda respuesta he pensado que esa noche tendría su merecido cuando escribiera las terribles palabras que, de alguna forma, caerían implacables sobre su conciencia. Y juntas hemos reído celebrando ese diez con cuatro tristes tildes que tildaban en un trigal.


  

1 comentario:

  1. Estoy indignada¡
    Y conectada en un café, sin tiempo para escribir. Ya cuando llegue a Murcia pondré mi comentario...
    Un beso solidario para tu hija. Y apara todos los niños que sufren maestros sin vocación y sin criterios adecuados para tratarlos.

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