Los olores son nuestra segunda memoria. Toda la infancia cabe en el olor del aceite donde tu madre freía los pestiños por Navidad o en la marca de jabón a la que le fue fiel mi tío durante toda su vida. Pero también algunos sonidos registran sensaciones ligadas inexplicablemente a la tristeza o al miedo. El sonido de ese teléfono a media noche, el de todas las ambulancias desde que mi padre nos enseñara a rezar por los enfermos que iban en ellas, el llanto sin consuelo de mis hijos, el eco de mi casa vacía y, desde hoy, el del precinto que cierra cajas que nunca más se volverán a abrir.
Hemos sido los últimos en salir.
Formábamos una extraña pareja
Yo, tan seria, con tu jaula en la mano
Como si el mundo se acabase de parar
tras esa puerta que resuena a las espaldas
como si fuéramos dos náufragos sin paraíso
a la espera de cualquier barco fantasma
que nos devuelva incólume la esperanza
que nos confirme nuestro derecho certero
de volver una vez más a comenzar.
que nos devuelva incólume la esperanza
que nos confirme nuestro derecho certero
de volver una vez más a comenzar.

Imagino que ya estarás instalada en tu nueva casa. A ver si ahora que somos casi vecinas nos vemos algún día por el barrio.
ResponderEliminarHoy me he acordado del instituto, nos va llegar una alumna nueva que viene de Alquerias, parece ser que con una problemática especial. Enseguida me he ofrecido a llamar al centro para informarme, la verdad es que me ha entusiasmado la idea de poder llamar y aprovechar para saludar. Tengo muy buenos recuerdos de aquel curso y de mucha gente de la que conocí allí.
Como verás me estoy aficionando a escribir en tu blog, y eso que me daba vergüenza...
Un saludo.
Me alegra que te animes a escribir aquí, esa es siempre una gran noticia.
ResponderEliminarHay años que uno tiene la suerte de compartir trabajo con compañeros muy especiales. Si a eso le sumas buenas dosis de diversión, la mezcla se vuelve explosiva y parece que todo el centro de beneficia de ello. Aquel curso fue un verdadero regalo. Es tan agradable saber que sigues contando con amigos pese al tiempo que haya pasado; pero en nuestro caso, no tendremos perdón si no aprovechamos esta recién estrenada cercanía. Quedas emplazada a un café en casa cuando acabe con la última caja -se resisten, jeje-
Por aquí vuelvo a dejar mis palabras...
ResponderEliminarVan tristes, ya sabes. Y hasta hoy no he tenido el ánimo de dejarlas. Pero había entrado ya en la páginas de tu diario y había sentido contigo, vivido los trasiegos del cambio de casa.
Estoy segura de que la disfrutaréis todos.
Siento tu abrazo cálido.
Sé de tu tristeza. Lo leí en el artículo de Yayo y lo vi en la cara de tu hermana. A veces la tristeza aprovecha cualquier resquicio para entrar a nuestras vidas. Convivimos con ella, la dejamos estar, hasta que un día la ausencia se convierte en parte de nuestro bagaje, en la savia que nos ancla a la vida y le concede su auténtico sentido.
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