domingo, 28 de agosto de 2016

LA MUERTITA



Empezaron a llamarla "la muertita" ya desde la infancia, cuando a los cuatro años, casi a punto de cumplir cinco, sufrió el primer ataque. Durante horas permaneció inmóvil, como si la muerte la hubiera colonizado silenciosamente. Probaron infructuosos remedios: ni las cataplasmas con ungüentos, ni las oraciones del reverendo, ni los llantos de la madre... hasta que, mientras le daban  la vuelta para revestirla con el hábito de la virgen del Carmen, como era costumbre enterrar a los muertos en su familia, su rostro pegado a la almohada la devolvió a la vida en medio de convulsos jadeos. Desde entonces, cada vez que la aquejaba una crisis, apretaban la almohada sobre su rostro con el gesto del asesino irredento para arrancarla con suavidad de las garras de la muerte. 
Con los años, las crisis se espaciaron y las viejas almohadas fueron relegadas al sótano. El miedo regresó el día que "la muertita", así seguían llamándola en casa, se echó novio. Durante el primer año, la muerte se mantuvo alejada de la pareja y el silencio tácito de la familia fue la mejor dote que pudieron ofrecerle. Se reservó la iglesia y se encargó la confección del traje: en un mes la casarían. Durante la fastuosa cena de pedida, después de la entrega mutua de las joyas y el consabido reloj, la prometida se desplomó sobre la mesa. El novio contempló paralizado cómo los padres, con cara de aparente preocupación pero sin los aspavientos que provoca la inminencia de la muerte, mandaban a la criada a por una almohada del sótano. Procedieron, como de costumbre, a taparle el rostro con la almohada, como el médico que maneja con serena indolencia al enfermo. A los pocos minutos, despertó aduciendo los efectos del vino blanco. Durante los postres el padre sacó al novio con el pretexto de fumar un habano de importación y le explicó con infinita ternura el secreto de la hija muerta. 
La boda se celebró el día previsto con mucho boato y con una sincera complacencia en los ojos del padre. El marido, tras el viaje de novios, que transcurrió con la misma ilusión e idéntico nerviosismo de todos los primerizos, empezó a temer en secreto la aparición de la muerte; apenas contaba con unas escuetas indicaciones del suegro y con el recuerdo de unas confusas imágenes de la noche de la pedida. De modo que, en secreto, tras los días en los que ella permanecía más silenciosa y lánguida que de costumbre- era esta una tara que le había quedado de sus frecuentes crisis de la infancia- el marido le practicaba mientras dormía ese macabro proceso de reanimación. El despertar era inmediato, un leve carraspeo no más, y su actitud era entonces más cariñosa que de costumbre, más sensual si cabe, como la del que, devuelto a la vida, se aferra con urgencia a los placeres terrenales. Con los años, esta estrategia se fue convirtiendo en salvaguarda de un matrimonio asediado, como todos, por los peligros de la convivencia cotidiana. 
Una noche, después de una larga crisis de silencio e indiferencia, que es la carcoma de todos las parejas, el marido depositó, como siempre, la almohada sobre aquel rostro que aún conservaba la misteriosa inocencia de su juventud y la apretó -juraba y perjuraba después ante los suegros- con la misma fuerza de siempre; esta vez, no despertó. El médico encargado de certificar la defunción, conocedor de los antiguos paroxismos de la infancia, certificó muerte natural y consideró innecesaria una autopsia, que habría revelado de otro modo, muerte por asfixia. 


3 comentarios:

  1. Ya hubiera podido ser un marido fantástico...
    ***
    Leo con entusiasmo y con curiosidad este nuevo relato. Hace unos cuantos días que no entro por aquí. Hemos estado de viaje por el norte de España, con los nietos, y no he tenido tiempo de leer nada.
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    Me ha gustado y conmovido la historia de esta muertita qué murió tan joven.
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    Y me ha recordado a una alumna del instituto que de pronto moría durante un rato para pasmo de los que se encontraban junto a ella. Como le pasaba de vez en cuando, se convirtió en una rutina más de aquel curso. Era frecuente verla tumbada, muertita, frente al despacho de dirección, mientras esperaban a una ambulancia que la llevara a su casa...

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  2. Sí, recuerdo haberos escuchado hablar de ese caso. Y es que la vida tiene a veces caprichos de lo más novelesco.

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  3. ¡Qué bien, esos viajes con la familia! Seguro que no olvidarán los veranos con los abuelos. Les estáis legando todo un universo. Yo lo contemplo entusiasmada en las fotos donde se les ve crecer tan felices...
    Un abrazo fuerte.

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