"De pronto tenías miedo de dormir, pensabas que el salto se abriría implacable ante ti en el momento en el que cerraras los ojos, y que entonces, ya no podrías detenerlo, miedo del cosquilleo fangoso del presueño, de abandonarte (...) No habrá ya día. No habrá noche. No habrá espacio. Y este pequeño ser que has visto sufrir, que has visto desvanecerse en el espejo, que has visto amar, ya no estará. Y esto te desolaba más que el aniquilamiento de todo"
Andrés Barba, Libro de las caídas
Te veo desgranando uno a uno los recuerdos del que irónicamente llamaste el último verano. Con la aparente indiferencia de la viejecita que desliza cadenciosamente sus dedos por las cuentas del eterno rosario, así, arrastrados uno tras otro, acaban convirtiéndose en tu mantra particular, la antesala de la temida duermevela que te trae al fin la calma después de tantas noches de doloroso insomnio.
El viernes se produjo la caída. La suerte de amnesia en la que parecías estar instalada desde el comienzo de la escalada te protegía del miedo y te investía de una renovada confianza en tu destino. Pero a la tarde el tiempo empieza a cambiar y allí, a pocos metros de coronar la cara norte de aquella pared, un insignificante error te deja suspendida a 5000 metros de altura.
Han pasado cinco días con sus noches. No tienes más que un improvisado vivac con el que protegerte del frío y de la nieve. Has perdido la radio. Casi no tienes fuerzas para culparte por tu ingenuidad: la montaña te ha tendido una trampa. El dolor en las uñas es insoportable: los primeros síntomas de congelación, que tú intentas combatir con unas manoplas especiales, pero sabes que no es suficiente, que el frío se cuelga de tus venas como tú antes de las cuerdas y no hay forma de frenarlo, cada vez está más cerca. Oyes voces, recuerdas la leyenda del tercer hombre que ayuda a montañeros en situaciones extremas, pero tú sabes que son las alucinaciones del insomnio. Te duele hasta el alma, y sabes que esta vez no es una exageración de las tuyas, porque empiezas a convencerte de que este dolor tan intenso no puede estar causado por tus manos o tus pies entumecidos. Y te quedas suspendida de una débil cuerda, como si por fin se hubieran cumplido los vaticinios que anunciaban el fin del mundo, sola, frente al último recuerdo: la magia de los árboles frente al mar donde jugabais, en ese último verano en el que todo parecía que duraría para siempre.
Esta noche de entrada a mayo se ha vuelto triste al leer tu texto "La caída".
ResponderEliminarSé que la cuerda es débil solo en su apariencia. Y que cientos de cabos la conforman sólida y resistente.
Cuentan que Stephanie Scwabe, una submarinista, mientras estaba perdida en el mar, escuchó una voz que le aseguraba que encontraría el cabo que le llevaría a la salvación. Real o no, lo cierto ess que, a veces, una sola palabra puede salvar a un hombre. Gracias.
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