jueves, 25 de abril de 2013

LIBRO DE VIAJE: LA MONTAÑA



"Nunca lo azotan los vientos ni lo toca la nieve, lo rodea el aire más puro, una blanca claridad lo envuelve y los dioses experimentan aquí una claridad inmensa, como sus vidas"
Homero, descripción del Olimpo. 





La montaña y yo. Desde hace meses no hay nada más. Vuelve a amanecer, fuera el viento sopla con fuerza pero he conseguido llegar al ecuador. Revivo los sentimientos de aquellos primeros días en el campamento base. Anoto en mi cuaderno cada uno de los temores de entonces: el primero, la conciencia de mi propia soledad. No formaría parte de una expedición -lo supe desde el principio- tan solo solo contaría con la silenciosa  compañía de mi inseparable sherpa y de una voz a través de la radio que desde el campamento base dirigiría el ascenso, controlaría la evolución del tiempo, y determinaría cada uno de los campamentos en los que tendría que detenerme en ese difícil ascenso hasta la cumbre. Aunque, durante meses temí enfrentarme a un miedo aún mayor: el verdadero abismo que me separaba de la montaña y de los que antes de mí habían emprendido esta empresa era la imposibilidad de abandonar y el compromiso inaplazable con mi propia supervivencia; ésta se convirtió desde el principio en la carga más difícil de sobrellevar, pero pronto me contagié del la ambición y la osadía de los hombres y mujeres que a lo largo de la historia habían decidido conquistar el techo del mundo y una extraña euforia acabó apoderándose de mí.

El camino ha sido duro, con pocos días de escalada real y muchos de inactividad dedicados a aclimatar el cuerpo a estas duras condiciones. Hoy, pese al viento y a las bajas temperaturas creo que por fin podré continuar el ascenso. Estoy en la base cinco, he conseguido  iniciar la cuenta atrás que me separa de la cumbre y los sentimientos de los primeros días empiezan a confundirse. Me abandona la euforia de los primeros momentos, pero se disipa la soledad al hacerme uno con los que antes que yo en este punto de la ruta tuvieron que hacer frente al auténtico sentimiento de fracaso, a las sensaciones continuas de intenso dolor, y a los propios límites impuestos por la mente. Siento que la  montaña me enfrenta con mis debilidades y mis fuerzas más escondidas. Me siento humano y frágil y sé que es necesario pasar por aquí para conquistar esta montaña, que no es otra que la conquista de mí mismo.




4 comentarios:


  1. Ahora sí, vivo días felices y eufóricos de los que hablaba Eloy. Esta segunda etapa de quimio parece que, al menos de momento, me permite unos días de tregua. Vuelvo a recuperar la sensación ya olvidada de sentirme bien y este gesto tan cotidiano en la mayoría de la vidas me llena de una intensa sensación de felicidad. Pero también es un tiempo lleno de sombras: a mitad de camino es inevitable parar y enfrentarnos a nuestros más ocultos fantasmas.

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  2. ¡Cuánto me alegro de que hayas recuperado la sensación de estar bien! Tú valoras esa sensación mucho más que la mayoría. Incluso la sientes en el esfuerzo titánico de escalar tú sola esa enorme montaña. Ningún sherpa mortal puede vivir voluntariamente el ascenso, lleno de elefantes a los que devorar. Todos tus porteadores nos hemos quedado en el campamento base, y observamos tu viaje de cerca, lanzándote viandas y provisiones, implorando a los dioses que la climatología te sea propicia y sabiendo que con tu fuerza llegarás a la cumbre. No librarás a todos de la pesadilla.
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    Bueno. Tienes, como dices, un inseparable y silencioso sherpa. ¡Qué suerte! Y creo que también talismanes de la suerte, piedras preciosas, armas invisibles, la poderosa magia de las palabras...
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    Y no solo yo vigilo, aunque sea la que haga comentarios casi cada día... Somos muchos los que estamos en este campamento.
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    Hoy he vuelto por el instituto. Y me siguen invadiendo los dioses... (No controlo los sentimientos)
    Te cuento el origen de esa expresión tal vez homérica.
    Tengo un amigo, profesor universitario, arqueólogo; tal vez sea la persona más sabia que conozco. Políglota, lector incansable, viajero. Impetuoso y apasionado en sus criterios... Jamás había visto un partido de fútbol ni se había interesado nunca por los gustos y el ocio de la gente común y corriente. Se puso enfermo, tuvieron que operarlo y estuvo ingresado en la Arrixaca unas cuantas semanas. Un día, su compañero de habitación, un hombre sin estudios, que nunca había salido de su pueblo del campo de Cartagena, le pidió permiso para encender la tele, porque ponían un partido de fútbol de España (tal vez fuera un partido de los mundiales). No le agradó mucho la idea,convaleciente, leyendo un sesudo estudio en alemán... Pero se lo dio. Y contaba que de vez en cuando miraba sin mirar la pantalla por eso de las luces y el movimiento. Algo captó su atención. Y empezó a seguir el partido. Y entonces fue cuando¡ oh, le invadieron los dioses!
    Así, con esa expresión, contaba él los sentimiento que, sin control, había empezado a sentir en su espíritu. Y se vio cerrando el libro, increpando al árbitro, moviendo los brazos, contagiado de la euforia colectiva (y de su compañero de cuarto).

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  3. He querido decir "nos librarás a todos", pero me he comido la "S"...

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  4. Me encanta el relato de tu amigo el arqueólogo. Creo que solo a personas especiales les pueden invadir los dioses de esa forma tan intensa e inesperada. Llegar a ese estado supone recorrer a veces un camino inverso al que recorren los demás. Creo que,precisamente por ser quien era: políglota, lector, viajero... pudo sentir esa intensa emoción ante algo tan sencillo y trivial como un partido de fútbol. Estos descubrimientos son siempre una auténtica recompensa para aquellas vidas en las que las cosas suceden a destiempo, ¡un bendito destiempo!
    Te felicito a ti también por ese regalo que comparten los que son favorables a los dioses.

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