jueves, 10 de octubre de 2013

DAVID Y GOLIAT







Retroceden atenazados por el miedo que su sola mención suscita. No los culpo, yo también lo haría. Pero esta vez no estás aquí para contemplar la batalla. Escuchas tu nombre y das un paso al frente y comprendes que sin saberlo has iniciado un camino sin retorno. Comienzas torpemente a lanzar las piedras contra él, una tras otra, casi a ciegas, intentando no errar el tiro. Conoces tu fragilidad pero te protege la conciencia ilusoria de la inmunidad que suele asistir a los que han sufrido mucho, como si no fuera posible acumular más dolor. Y esta tu inconsciencia es también tu salvación: consigues derrotarlo. Relees el informe médico una y otra vez: negativo y te dispones una vez más a enterrar los restos del invencible Goliat.

3 comentarios:

  1. Hoy te escribo primero en un documento Word… Han sido varias las ocasiones en las que después de tener una larga “conversación” contigo, han desaparecido todas las palabras de golpe. Imposible recuperarlas. Ni que tú las leas. Un cataclismo pequeño pero contundente. Porque me quedo como si hubiera hablado a la pared. Intento volver a repetir el mensaje, respirar hondo antes, justificar mi torpeza con el aparato, recordar dónde he tocado con los dedos para no volver a hacerlo… Y volver a empezar. Pero ya me salen las palabras con un leve tono de fastidio, tal vez perceptible. Me enfado con la máquina y conmigo. Y la mayoría de las veces borro, y me digo: mañana lo intentaré otra vez.
    Así que he resuelto escribirte en papel virtual, guardar y copiar.

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    Me gusta Tánger, a pesar de la suciedad mugrienta de los callejones de la medina, de los olores mezclados de canela, hierbabuena, higos y basuras, de la pobreza que se intuye en las miradas de muchos niños, de los hombres sentados solos en los cafés… La gente es amable y no odia a España. La luz es azul y transparente. Y la vida bulle en las plazas y en los mercados, repletos de frutas y de objetos.

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    Todo lo anterior lo escribí hace cuatro o cinco días. Voy y vengo de una cosa a otra.¡Cómo pasan las horas!
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    ¿Has terminado las sesiones de radio? Por tu última entrada, esta que comento, creo que sí. Que la batalla está siendo ganada. Todavía con heridas muy recientes sin cicatrizar del todo. Pero que se aproxima el fin del duro viaje y la llegada al puerto de la normalidad…

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    Un beso grande.

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  2. No esperaba encontrarte, Aurora. No esperaba tampoco encontrarme. No esperaba ya las palabras adecuadas. Y leo,aunque tarde, lo de tu viaje. Y leo, a destiempo, lo de José Ramón.
    La muerte siempre acude a destiempo y no hay consuelo para los que están obligados a permanecer. Leía estas días un libro desgarrado sobre la pérdida de un hijo: "Lo que no tiene nombre" de Piedad Bonet. Realmente, hay muertes que no tienen nombre:
    " esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con esos segundos de espanto para los que no hay lenguaje" Peter Hanke.
    Hoy nos sorprendía a todos la muerte de María de Villota. La muerte hace su aparición después de haber sobrevivido a su trágico accidente, y días antes de presentar su libro "La vida es un regalo". Resulta irónico, pero consuela pensar que hay vidas que se acaban habiendo cerrado su propio círculo vital. Ojalá así haya llegado, aunque a destiempo, la muerte de Jpse Ramón.
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    Yo también me siento una jubilada. No es fácil adaptarse a estar sin trabajar. Mi cuerpo, aunque ha mejorado mucho, aún se resiste al estrés o a la actividad continuada. Por eso ocupo mis mañanas haciendo deporte, intentando deshacerme de los últimos signos de la enfermedad; tratando, sobre todo, de volver a poner en orden mi vida, después de este tsunami devastador que supuso la enfermedad.
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    He devorado el elefante,es cierto: el lunes es mi último día de radio. Ya no queda nada. Ahora sólo lucho contra sombras, los fantasmas escondidos durante meses, los posibles de mi misma que, espero, me conduzcan hacia una vida más plena.

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  3. Acabamos de publicar el comentario a la vez. Es significativo.

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