"A mi hermana Belén"
"Soy capaz de hacer trampas
para que no me gane la tristeza"
Gloria Fuertes
"Soy capaz de hacer trampas
para que no me gane la tristeza"
Gloria Fuertes
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| Pablo Picasso. "Femme de profil à l´éventail", 1964. Ilustración para Le Carmen des Carmen de Prosper Mérimée y Louis Aragon, 1964. |
Hay apuestas que uno tiene perdidas de antemano y sin embargo, por alguna extraña razón, decide asumir. El otro día recibía el siguiente reto: ¿puedes aguantar 24 horas sin quejarte? A este le sumé el que ya traía entre manos durante varias semanas: 24 horas sin levantar la voz. Para sorpresa mía, he de decir que acaba el día y estoy casi a punto de ganar la apuesta. He dejado pasar por delante siete ocasiones de gritar o de quejarme, que no son pocas dada la intensidad del cabreo. Y es que, ahora que acabo la jornada rezumando sabiduría por cada poro de mi piel, comprendo que el grito y la queja no son más que un reflejo distorsionado de nuestra propia frustración. Y así, entre la frustración y la culpabilidad ocupo mis interminables días.
Hoy, sin ir más lejos, me he levantado a las siete. Después de desayunar y de organizar la casa, ha empezado la misión imposible de cada mañana: despertar a Jorge de buen humor y conseguir depositarlo a tiempo en la puerta del colegio. Tras más de quince minutos de pronunciar su nombre en un tono que ha pasado desde el cariño a la amenaza con todas las modulaciones intermedias, he decidido dejar la cantinela y confiar en su sentido de la responsabilidad: primera ocasión. Él ha apurado el tiempo hasta que, veinte minutos antes de las nueve, se ha levantado, ha desayunado a toda prisa, ha hecho la cama como ha podido y ha salido olvidando sobre la mesa el bocadillo que yo le había preparado. En el ascensor he descubierto el olvido pero no he regresado como otras veces en medio de una lista interminable de reproches, sino que he apurado el paso para llegar a tiempo: segunda oportunidad. Después de dejarlos en el colegio he ido a una oficina de la Seguridad Social para dar de alta a la chica que ayuda en casa. He recordado, sin emitir ni la más tímida imprecación, la cola que tuve que soportar el viernes para que me comunicaran que faltaba una última firma. He superado la tercera oportunidad tras leer un mensaje suyo en el que me comunicaba que necesitaba su DNI y que tendría que cruzar Murcia en hora punta para entregárselo. Una hora después, ya en el instituto, he soportado estoicamente los regateos de última hora con las notas de la segunda evaluación. Cuarta oportunidad. Luego, sin apenas tiempo para comer, la revisión de la histeroscopia y esa vuelta interminable al pabellón bajo la lluvia por no permitir cruzar una puerta que solo es de salida. Quinta oportunidad. Llego a tiempo a la clase de natación pero el candado que no aparece y yo que me gasto cuatro euros en la máquina expendedora justo antes de que caiga al suelo mi pequeño candado naranja escondido entre la ropa. Sexta oportunidad. Regreso a casa y empiezo con la cena. Puré de verdura y pescado para compensar las comidas del puente. Hora y media más tarde aún seguía en la mesa frente a un Jorge que ha puesto en funcionamiento todo su repertorio, desde el llanto hasta el grito pasando por la queja, el pataleo y la súplica. Séptima oportunidad.
Y sí, hermana, a las 23:30 del día 23 de marzo de 2015 certifico que lo he logrado: 24 horas sin quejas y sin gritos. Ahora estoy frente al ordenador, cansada y derrotada. Se me cierran los ojos mientras escribo esta crónica tan prosaica del día. Quiero pensar que, una vez que uno empieza, esto ya va rodado. Pero yo solo siento, además del dolor de estómago, un profundo cansancio y empiezo a temblar solo de imaginar que el nuevo día está ahí, a la vuelta de unas horas. De modo que me apresuro a leer un par de páginas justo antes de que el sueño me gane la partida un día más, confiada, eso sí, en que mañana volverá a salir el sol.
Y sí, hermana, a las 23:30 del día 23 de marzo de 2015 certifico que lo he logrado: 24 horas sin quejas y sin gritos. Ahora estoy frente al ordenador, cansada y derrotada. Se me cierran los ojos mientras escribo esta crónica tan prosaica del día. Quiero pensar que, una vez que uno empieza, esto ya va rodado. Pero yo solo siento, además del dolor de estómago, un profundo cansancio y empiezo a temblar solo de imaginar que el nuevo día está ahí, a la vuelta de unas horas. De modo que me apresuro a leer un par de páginas justo antes de que el sueño me gane la partida un día más, confiada, eso sí, en que mañana volverá a salir el sol.

Ay, las batallas de cada momento... Y cuántas a lo largo de los días, muchas muy parecidas, tanto que desesperan.
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Puedes dar la imagen de paciencia infinita, de calma, de no perder nunca el dominio de la situación. Pero sí, detrás están tus propósitos y tu buen hacer.
Algún grito que otro de vez en cuando no tiene mucha importancia.
El día a día. La temida realidad que a veces nos va ganando terreno. Y la literatura siempre como refuigo, como posibilidad de otros mundos, como terapia contra la desesperanza.
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