"And ne forhtedon na"
Conozco esta sensación. La intuyo como el dolor de huesos que avisa puntual de la llegada de la lluvia. Al primer síntoma, procuro apretar el paso para llegar pronto. En el inestable equilibrio de un suelo que parece volverse agua, apenas acierto a aparcar el coche frente a la verja solitaria. Atravieso la cancela y, a tientas, agarrándome a los árboles para no pisar las grietas que avanzan como ríos impetuosos, llego hasta él. Me acurruco frente a su lápida, como cuando de niña quería alejar los miedos y, ya a salvo, me voy deshaciendo en agua, dejándome arrastrar hasta convertirme en río, hasta que mi ser entero se vuelve vapor y vuela detrás de nubes amenazadoras que acaban descargando con violencia, lamiendo las heridas de todo lo perdido. Entiendo al fin lo que significa cuidar a los muertos, limpiar una tumba, comprar unas flores... La pertenencia a la tierra, la conciencia de la finitud y la certeza de que unas palabras escritas sobre piedra perdurarán más allá de la mirada que puede reconocerse en ellas.

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