"Y cuando ante la muerte,
con todas mis fuerzas grité,
que aún no había terminado,
que aún tenía mucho por hacer,
fue porque estabas conmigo,
a mi lado, como ahora,
un hombre y una mujer bajo el sol.
Regresé porque estabas tú"
Primo Levi, "A una hora incierta"
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| "Music", Matisse |
Hombres sencillos cuentan las losas grises que los separan de la puerta verde que engulló a sus mujeres. Aguardan resignados en estrechos pasillos. Llevan esperando semanas, meses, algunos tantos años que perdieron la cuenta. No saben dar razones de su esperanza. Quizás han olvidado por qué esperan. Tal vez permanezcan en aquella sala porque no tienen ya un sitio a donde ir. A lo lejos se escuchan nombres de mujeres que nunca son las suyas. Engañan al tiempo con una música que ya nadie parece escuchar. Al fin, ella sale arrastrando los pies, con el cuerpo entumecido por la postura, desprendiendo un olor a azufre como si saliera del mismo infierno. Pese al pañuelo, pese al color de la piel, pese a la delgadez extrema, él podría reconocerla incluso con los ojos cerrados. Se sonríen con la mirada cómplice de la que solo sabe quien ha compartido el dolor. Él se adelanta, tal vez para recoger el coche. Atraviesa la sala de espera de medicina nuclear con el paso decidido del que sabe que no será la última vez que tenga que descender hasta los infiernos.

Qué dura la espera sin esperanzas o con la incertidumbre gris colgada de los hombros!
ResponderEliminarLa soledad del que espera. Y del que sufre al ver sufrir.
Sí. Es otra página invisible del cáncer.
Qué bellísima es esa ópera de C. W. Gluck, Orfeo y Eurídice. Si puedes, disfrútala
ResponderEliminarAcudo a las últimas revisiones como un espectador casi porque, al menos en apariencia, ya no me parezco a ellas. Miro desde fuera, con la frialdad del que nunca hubiera pasado por el cáncer y las observo, a ellas pero, sobre todo, a ellos: los mudos testigos del sufrimiento, los que apenas sí saben qué decir cuando sus mujeres atraviesan las puertas de las consultas como si regresaran del infierno.
ResponderEliminarAhora ya puedo acudir sola a las citas médicas, ya conozco la mecánica, ya no tengo miedo, pero sobre todo, esta es quizá la mejor prueba de que como Eurídice yo también estoy con el pie pisando casi el otro lado.
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Gracias por esa recomendación. Curiosamente, en los últimos meses escucho ópera, a María Calas, sobre todo, que sé que a ti te gusta mucho. Ahora te escribo estas palabras y suena de fondo esa música conmovedora:
¡Eurídice!, sombra amada ¿dónde te escondes?
¡Eurídice! las riberas ya conocen este nombre y los bosques lo han aprendido de mí
Eurídice ya no está y yo sigo vivo