"I am more of an indian
Except for my chinky tibetan face"
Tenzin Tsundue, poeta tibetano que reside en la India
Le gustaban tanto los manuscritos. Los atesoraba desde que tenía uso de razón. Habían pertenecido a su familia generación tras generación. Algunos tenían más de quinientos años de antigüedad. Escritos con barras de hierro sobre hojas de palma, habían desafiado al paso del tiempo y sobrevivido a tantos invasores porque muchos de ellos parecían imposibles de descifrar.
Conocía casi todo acerca del arduo y
solitario trabajo de los transmisores de los textos sagrados, empeñados en hacer
perdurar su legado sin alterar ni una sola sílaba. Ser capaz de recitarlos sin introducir la más mínima variación se había convertido en su
gran obsesión y solo a través de ellos adivinaba el mundo que se extendía más allá de las estrictas fronteras en las que había decidido recluirse.
Una mañana, mientras recitaba sus himnos sagrados, conmocionado por una visión, dejó caer al suelo los textos que presagiaban desde antiguo lo que iba a ocurrir: el pacífico pueblo tibetano se había levantado de
manera unánime. La contundente respuesta de China ahogó apresuradamente ese clamor de libertad. Buena parte de los que sobrevivieron empezaron a cruzar la frontera: fue así como se convirtió en un exiliado.
Tras una serie de pequeñas incursiones, tomó la decisión de emprender el viaje definitivo y uno de los más peligrosos que existen sobre la tierra: cruzar el Himalaya a pie, con apenas unas mantas y unos útiles de escritura. Ante sí, sendas invisibles, como también invisibles eran los guías para evitar ser descubiertos en caso de que la policía china descubriese la expedición. Treinta días con sus treinta noches que fue marcando concienzudamente en el espacio hasta entonces impoluto que rodeaba las infranqueables fronteras del mapa de su país.
En la noche del día treinta y uno se soñó libre y se vio a sí mismo, aturdido aun por la culpa de haber sido el único superviviente de su grupo, entrando en Dharamsala al norte de la India, la capital del Tíbet en el exilio, donde su su bandera multicolor ondea a dos mil metros de altitud. Pero al amanecer, con los miembros aun entumecidos por el frío y ensordecido por el clamor de cientos de voces, despertó sobresaltado entre las húmedas paredes de una cárcel India.
Cifró desde entonces toda posibilidad de supervivencia en su capacidad de escribir su propia historia y la de su pueblo para no olvidarse, pese a todo, de quién era. Nada conservaba de su vida anterior, salvo sus útiles de escritura y un hábito granate con los ribetes azules, como el ojo del elefante, que siempre mira hacia adelante, como él mismo...como su pueblo... siempre hacia adelante.
Cifró desde entonces toda posibilidad de supervivencia en su capacidad de escribir su propia historia y la de su pueblo para no olvidarse, pese a todo, de quién era. Nada conservaba de su vida anterior, salvo sus útiles de escritura y un hábito granate con los ribetes azules, como el ojo del elefante, que siempre mira hacia adelante, como él mismo...como su pueblo... siempre hacia adelante.

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