Escuchó aquella voz que pronunció su nombre por megafonía y no pudo evitar sentir que aquel tono tan masculino era, en aquel contexto, un mal presagio. Había decidido ir con ropa deportiva y sin pintar. Pensó que mostrarse al natural no implicaba ninguna mentira. Pero a última hora, justo antes de salir, no habia podido resistirse a perfilar aquellas cejas que tanto se estaban resistiendo a salir. Se miró al espejo y asintió complacida al ver que, incluso en los peores momentos, aún seguía sorprendiendose con algún gesto de coquetería adolescente.
Entró con paso decidido hasta dar con su puerta. Tardó pocos segundos en examinar aquel rostro desconocido: mediana edad, gafas, cara angulosa, anillo de matrimonio... un rostro que la dejó indiferente. Se produjo un breve silencio mientras él leía el expediente que resumió en un frase lapidaria: "lleva usted ya un año de baja". Ella asintió confusa e intentó dejar su mente en blanco como siempre hacía en aquellos momentos. Con rostro triunfal, le tendió el informe médico, que guardaba en su bolso como un as bajo la manga, y en el que la oncóloga sugería la conveniencia de prolongar la baja. Pero aquel señor le clavó su desconfiada mirada de miope, como el que descubre que le has pagado con un billete falso; adujo que la fecha databa de un par de meses antes y que, seguramente, no lo darían por válido.
Era su tercera inspección médica y las anteriores no habían sido más amables. Empezaba ya a estar tan cansada de contar sus miserias en tantas ventanillas que decidió adoptar su pose más digna. Asintió indiferente cuando aquel doctor dijo que su trabajo no consistía en mover cajas y que las pequeñas molestias del brazo no supondrían impedimento alguno. Recordó por un instante aquellos pasillos de su instituto con cientos de adolescentes desbocados por el frenético baile hormonal que los impulsa y sintió un sudor frío que le corría por la espalda. Se imaginó a aquel esmirriado doctor apabullado por los rostros casi fieros de sus alumnos y no pudo evitar que una sonrisa vengativa le asomará a los labios. Pensó en su trabajo y se sintió muy feliz de estar tan lejos de los madrugones, de los horarios infernales, de aquellos compañeros pusilánimes y sólo lo sintió por sus alumnos y por el chute de adrenalina que siempre le corría cada vez que cruzaba el umbral de un aula.
Miró el flamante bolígrafo que estaba sobre la impoluta mesa de cristal y comprobó que no estaba atado con una cadenita como en los bancos, para evitar, tal vez, como decía su amigo D. , que los clientes se lo clavaran en el pecho. Se burló de semejante descuido que hacía inoperante el moderno detector de armas de la puerta. Cogió el bolígrafo entre sus manos dispuesta a usarlo como improvisada arma de defensa ante semejante ataque, justo en el momento en el que la imagen pareció congelarse bajo unas letras en relieve que con un parpadeo incesante anunciaban que la partida había terminado.
Solo entonces supo que aquello que siempre le decía a sus alumnos, que la literatura servía para mentir con estilo, era su única verdad.
Miró el flamante bolígrafo que estaba sobre la impoluta mesa de cristal y comprobó que no estaba atado con una cadenita como en los bancos, para evitar, tal vez, como decía su amigo D. , que los clientes se lo clavaran en el pecho. Se burló de semejante descuido que hacía inoperante el moderno detector de armas de la puerta. Cogió el bolígrafo entre sus manos dispuesta a usarlo como improvisada arma de defensa ante semejante ataque, justo en el momento en el que la imagen pareció congelarse bajo unas letras en relieve que con un parpadeo incesante anunciaban que la partida había terminado.
Solo entonces supo que aquello que siempre le decía a sus alumnos, que la literatura servía para mentir con estilo, era su única verdad.

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