"Y sí, somos supervivientes de cáncer, pero también lo son nuestros familiares, amigos y seres queridos que, al igual que nosotros han sobrevivido a la enfermedad acompañándonos en cada momento y compartiendo esta difícil experiencia que nos marca para siempre, a todos"
Finalmente, tuve que fijar una fecha para acudir a la peluquería. Y casi con el mismo ritual con el que me puse la peluca, me deshice de ella, profundamente agradecida por tantos meses como me había acompañado. Confieso que salir sin ella a la calle fue como aterrizar por primera vez en una playa nudista. Había conseguido encontrar, tal vez por el que yo llamo en tono de sorna "mi posible origen moro", un cierto placer en cubrir esa parte de mi cuerpo y hacerla accesible solo para quien yo elegía.
La peluca, lo admito, me ha colocado en situaciones complicadas, como aquella clase de pilates en pleno junio. Pero también otras muy divertidas y de mucha complicidad, como cuando, tan solo dos días después de un ciclo de quimio, tuve que hacer de pareja de Jorge en la clase de judo; cada vez que nos levantábamos del suelo tras aquellas caídas imposibles, me sonreía al tiempo que susurraba: tranquila, mamá, está en su sitio. La peluca, se notara más o menos, ha supuesto en muchas ocasiones un veto a las preguntas que inevitablemente un pañuelo es incapaz de eludir. Y quizá de esta forma he intentado hacer, una vez más, de la discreción mi manera particular de defenderme frente a tantas miradas incómodas, frente a demasiadas preguntas indiscretas.
Y ahora, sonrío al pasar frente a los espejos, porque no me reconozco; me divierto comprando ropa que seguro nunca me pondré, porque confieso que no sé ya quién soy; y miro con nostalgia los tacones que guardo para cuando lleguen tiempos mejores. Cualquier día de estos, seguro, cambiaré el chándal por el tacón y volveré a reconocerme en los espejos y de nuevo sabré quién soy. Mientras tanto, recorro lenta y confiada este largo y serpenteante camino hacia la normalidad y me sé superviviente, y me siento afortunada. Y miro a mi alrededor y, a veces, de una manera furtiva, me reconozco en las miradas de otros supervivientes, porque ahora sé que todos, en mayor en menor medida, somos supervivientes, supervivientes de nuestra propia historia.

Es otro Miguel el que me mira y me habla en el espejo, Abu; no soy yo, es otro, me decía ayer mi nieto de cuatro años recién cumplidos cuando le lavaba las manos y nos reflejábamos los dos en el espejo del cuarto de baño. Y se reía ante mi cara de sorpresa fingida.
ResponderEliminarHoy leo tu texto y me asombro de verdad ante la coincidencia del tema.
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Estás guapísima, como siempre. Vas recuperando nuevos colores, expresiones más vivas, más intensos los brillos de la mirada. Cada vez eres más tú, enriquecida. Con más fuerza. Resurges, como la primavera de Botticelli… (queda un poco cursi, pero así lo veo)
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Como tantas veces, me emocionas al contar tus sentimientos ante un hecho que vives trascendido, mucho más importante de lo que la rutina le pueda conceder. Y siento yo misma la desprotección que describes al dejar la peluca…
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Siempre me han gustado las pelucas y sus posibilidades de cambio. Desde chica, tal vez porque una tía mía, que tenía muy poco pelo, las usaba habitualmente; me fascinaban, en sus cajas, o en su cabeza. Tenía prohibido probármelas y nunca lo hice, aunque sigo con las ganas. Como las pestañas postizas…
Y seguimos dialogando sobre temas recurrentes y que ahora más que nunca me seducen: la identidad confusa que me devuelven los espejos; la mirada que estrena el mundo, casi como a los cuatro años; el placer de esconderse detrás de palabras, como una eterna adolescente.
ResponderEliminarY todo fluye...
De una forma incomprensible, a veces..
Y me dejo llevar...
Como si todo estuviera aún por comenzar.