domingo, 6 de julio de 2014

ADULTOS


"Así lo cuentan:
en las antiguas casas holandesas
se cubrían con crespones
de seda de luto
los cuadros donde aparecían representados
paisajes,
para que el alma del muerto,
dispuesta a abandonar el cuerpo,
no se distrajera en su último viaje
añorando todo lo que iba a dejar atrás.
Me pregunto de qué modo
habría que amputar la memoria
o esos ojos que silenciosos
han mirado desde siempre
para dentro
vueltos como calcetines


hacia la inmensa geografía
del alma,
para no retenerla.
Qué sedas serían necesarias,
pienso,
qué kilométrica cantidad de tela,
qué paciencia
cuando todos tienen prisa.
Cómo borrar lo que se imprime
cuando cerramos los ojos,
después de haber mirado"

Rodrigo D. Sancho Ferrer


El luto se les estaba quedando pequeño en el armario. Lo habían comprado dos años antes, cuando el médico les había anunciado que el final era inminente: unos pocos meses por delante, quizá menos. Habían tenido tiempo para ensayar mil veces las palabras de aliento para la viudez recién anunciada de su madre. Tiempo para ordenar sus recuerdos y saldar sus deudas, si es que, después de la enfermedad, quedaba aún alguna pendiente. Tiempo, incluso, de darle permiso para morirse. Recuerdo el dolor contenido de tus primeras palabras: espero que, al menos, aguante hasta Navidad. Después pusiste la esperanza en el verano, que tanto le gustaba. Y así, fue sobreviviendose de forma milagrosa, tratamiento tras tratamiento. Esas terribles ganas de seguir anclado a la vida, arañando hasta el último minuto antes de quedar casi dormido durante los largos días en que todos os encerrasteis en aquella habitación de hospital para engañar a su propio miedo, para esconderlo de aquella soledad postrera. Al tercer día murió y os quedasteis con la amarga sensación de comprobar que, al fin, su ausencia era este vacío infinito que duele más que el propio dolor, este miedo cerval a que la muerte sea solo esto.  

Dice el poeta que "nos graduamos de adultos nada más/ cuando alguien nos deja". La vida en cambio a mí me ha ensañado que solo nos graduamos de adultos cuando alguien se nos muere. Por eso, asisto hoy, impotente, a tu triste graduación en el oficio de vivir y como tú hicieras conmigo en otro tiempo, siento mi pena como una larga y lenta prolongación de la tuya. 



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