MICRORRELATO
A veces se olvidaba de respirar. Durante unos minutos que parecían estirase como un chicle pegajoso, veía a sus muertos. El primer día se sobresaltó al tropezar con su madre, que estaba sentada en su mecedora de toda la vida, como superpuesta a modo de collage imposible en medio de aquel comedor de estilo minimalista. Después, poco a poco, fue acostumbrándose a ver al resto. Una noche, durante la cena, casi se sienta sobre aquel vecino de negro de cuando sus padres vivían en la casa de la huerta, que estaba cenándose impasible la misma tortilla de patatas que le costó una buena regañina haber probado cuando niño. En el baño había aprendido a esperar pacientemente a que el hermano de su amiga que murió en el mar acabara con sus largas abluciones matinales. Los muertos habían ido ocupando silenciosamente toda la casa. Solo le quedaba un último reducto: su dormitorio. Cada uno se mantenía en los límites de su territorio y habían aprendido a coexistir sin hacer demasiado ruido. A diario llegaba algún nuevo y él se extrañaba siempre de conocer ya a tanta gente del otro lado. Incluso su familia se había acostumbrado a esos largos momentos de ausencia, tal y como habían convenido en calificar entre susurros esta extraña conducta del abuelo. Él soportaba con estoicismo las miradas extrañas, los comentarios entre dientes, las constantes revisiones de médicos de todas las religiones, pero nunca confesaba su secreto, cerraba los ojos, se metía en su mitad de la cama y hacía como que se olvidaba de respirar mientras los demás contaban inquietos los minutos. Casi se creía inmortal de tanto andar entre muertos. En los últimos días, sin embargo, la otra mitad de su cama, que seguía siendo de matrimonio después de tantos años de ocuparla en soledad, amanecía revuelta, con signos evidentes de que alguien la había ocupado. Desde entonces, todos tenían la absoluta certeza de que el abuelo, en cualquier momento, se olvidaría definitivamente de respirar.

Me parece un relato fantástico... Describes muy bien las circunstancias de una vejez concreta, que se va alejando de la realidad presente pero que recupera la realidad ausente.
ResponderEliminarMe ha gustado muchísimo.
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No sé si te he contado que a veces, en los lugares más insospechados, por la calle, en una plaza italiana, en un concierto, en la sala de un museo de Nueva York, en unas ruinas griegas..."veo" a los muertos. A mis muertos, amigos, familiares, a mi padre. Es una forma de llevarlos conmigo, o de tropezarme con ellos. Ya sin sobresaltos.
Gracias, A. Gracias como siempre por ser mi interlocutora.
ResponderEliminar***
Me encanta esa idea de encontrarse con los muertos. Creo que al final siempre transito alrededor de los mismos temas que me obsesionan. Este es uno de ellos que vuelve reiteradamente: los muertos no se mueren nunca definitivamente.
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Leía ayer en el facebook de Clara Obligado: "Mañana me voy de vacaciones de mí misma", me ha encantado. Creo que eso es lo que he hecho yo durante estos días. Pero, al final, vuelvo a las andadas, ja,ja
Es a veces una pesadez ir con una misma a cuestas... Sí, despojarte de TODO debe tener un poder terapéutico bastante potente. Y realmente descansador.
ResponderEliminarA mí me encanta que vuelvas a las andadas, y eso que llevaba dos semanas por lo menos sin pasear por aquí. Hemos estado de viaje por el norte de Europa. Supongo que algo sabes por el FB.
Un beso