Las mujeres saben ciertas cosas. Ella era mujer y lo sabía. Lo sabía desde la primera noche en la que empezó a pensar en él. Desde la primera mañana en la que al despertar siguió pensando en él. Y luego, el día en que a mitad de la jornada sintió su caricia tras la espalda, justo en ese momento en el que uno tiene que apartar la mirada un instante del ordenador, en esas milésimas de segundo en las que te frotas los ojos para vencer el cansancio. No se lo había contado a nadie. Aprendió a arrastrar este secreto como el pesado fardo que envuelve las mentiras. Pero las mujeres saben ciertas cosas. Ella también era mujer y lo sabía.

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